Pablo Iglesias, del símbolo al disparadero

09.05.2021 | 01:31
Pablo Iglesias

Ha sido europarlamentario, diputado, vicepresidente segundo y candidato a presidir Madrid. Todo en siete años. Su devenir dibuja la fuerza y acusa la debilidad de un tipo de izquierda. Analizamos su figura desde la politología

Llegó en primavera de 2014 y se ha marchado en la de 2021. En estos siete años lo que parecía un fuerte terremoto se ha quedado en limitado temblor, por errores propios y ajenos y la dificultad de la empresa, tras haber sido objeto de campañas, maniobras y acoso. El Estado profundo se ha quitado un peso de encima, por más que Iglesias se modulase con el tiempo. De aquel '¡Claro que Podemos!'queda un balance mucho más matizado o errático.

"El poder no teme a la izquierda, sino a la gente", dijo Iglesias en 2014. Era una frase para coger con pinzas, porque el poder ha demostrado temer a la izquierda y temer a la gente. Entrevistado en elDiario.es Iglesias contaba que "la clave" no era "colocarse en el margen izquierdo del sistema político, del PSOE, sino plantear una dicotomía diferente que separa ciudadanos de oligarquía". En aquel momento, el Partido Socialista era "casta", en un argumentario que buscaba un "estilo diferente al habitual de las organizaciones tradicionales de la izquierda", disputando "palabras como democracia o soberanía". La derecha aprendió de la jugada ensayada, y ahora al contragolpe le ha birlado a él y al conjunto de la izquierda madrileña el término libertad.

En 2014 Iglesias defendía que Cataluya debía ser "lo que decidan los catalanes y catalanas". La frenada posterior le hizo perder mucha goma plurinacional, sin lograr con ello la indulgencia conservadora. Lo que ya vislumbraba entonces era la existencia de una "mayoría social" pendiente de traducción política. Ese ha sido uno de sus éxitos. La brevedad de su paso, tal vez políticamente coherente y humanamente comprensible, alimenta algunas dudas sobre el futuro de Unidas Podemos, por más que Yolanda Díaz reúna cualidades para que la coalición escape del destino manifiesto dictaminado por los poderes profundos: reducirla al espacio de la IU de Cayo Lara, Llamazares o a lo sumo Anguita.

Podemos fue un espectacular éxito porque desbordó los desgastados marcos del PSOE y de la propia IU. Las elecciones de diciembre de 2015 y junio de 2016 levantaron un primer techo de cristal. "Me acojona pasar de partisanos a ejército regular", dijo entonces Iglesias. "No es fácil y nada nos garantiza que nos vaya a ir bien". No erraba, como tampoco se equivocaba cuando aquel año dijo en tintaLibre: "Les metimos un gol a través de las televisiones, pero ese gol solo te lo dejan meter una vez". Vistalegre II y la quiebra del binomio con Errejón engrosó la techumbre. Sin embargo, en 2018 Iglesias se reinventó con inteligencia, moviendo la moción de censura y avistando un horizonte de bloques ideológicos. Costó dos Generales que Sánchez se aviniera, pero Iglesias alcanzó la vicepresidencia segunda. Sorprendentemente, salió para ser candidato en Madrid. No ha sido revulsivo. Su brío carece de la pegada de antaño. Su adiós da para unos cuantos libros sobre los límites de la política, y hasta puede que firme el suyo. Yolanda Díaz no lo tiene mucho más fácil. La enmienda madrileña no debe hacer temblar al PSOE, pero sabido es que los poderes fácticos nunca desisten ni descansan.

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