Ópera

Denominación de origen

09.02.2020 | 01:19

El recital de arias de ópera y romanzas de zarzuela tiene sus defensores: son los fragmentos más conocidos, con abundantes agudos, y despojados de todo lo demás. A mí me resultan un poco cansinos. Tanto entrar y salir, tanto picoteo. Pero su fórmula no se agota, se repite en todos los teatros: bien con un protagonista, bien a modo de una exposición colectiva. Este es el caso que nos ocupa, cuyo denominador común fue la denominación de origen -voces navarras- y que fue un recital donde el público se lo pasó muy bien, a juzgar por los aplausos y los bravos. Desigual, claro está, por la distinta calidad y posición musical de los diversos intérpretes; pero que, en general, no defraudó. Fue una pena que Francisca Beaumont suspendiera, nos hubiera gustado escuchar su estado vocal.

José Luis Sola llevó la velada a la máxima tensión. Tanto en sus intervenciones individuales, como a dúo -las voces de Andrea e Iñaki emparejaron muy bien con la suya-. Sola puso toda la carne en el asador. Cantó esas arias -y romanzas- tan arrebatadoramente pasionales, dotándolas de, todavía más, visceralidad y fuerza: casi un poco desbocado, aunque en su sitio, el agudo de Werther, precisamente por poner tanto sentimiento. Pero así se hizo con el público sin reservas; y este se lo agradeció con bravos al terminar todas sus actuaciones. Técnicamente lució homogeneidad -sin cambios de color- en toda la escala, y muy bellas aperturas y filados en el agudo. Iñaki Fresán sigue firmando una muy hermosa voz en la zona media del pentagrama. Mantiene su cariño a Mozart; se agradece su voz grave entre todo el resto agudo; y así, hizo un bonito dúo con Sola -voces casadas pero en contraste-, en los Pescadores de Bizet; y con Andrea en Chapí. Sin embargo, Wagner fue imposible: se salía de las posibilidades de la tarde. Eso sí, es maestro en tablas. Andrea Jiménez, de la que últimamente tenemos varios muestrarios de actuaciones, se lució en el fraseo de todo lo que acometió: tranquila, mandando, cambiando la medida del compás por las intenciones, con un timbre redondo y con cuerpo, y gracia sin exagerar en Valdés. También a dúo se avino muy bien con Sola: es bonito que la soprano luzca por abajo y el tenor por arriba. Tengo ganas de escucharla en una ópera entera. Lucía Ayestarán, Miriam Guillén e Itziar Jimena todavía no han abandonado, del todo, ese estatus en el que el fraseo lo manda la academia; pero defendieron bien su parte. Es buena idea ir dando oportunidades; lo penoso es la escasez de hombres en la clase de canto del conservatorio. La orquesta -6,4,3,3,2, en la cuerda-, a las órdenes de Julio César Picos, hizo una buena presentación con la obertura de Las Bodas de Fígaro de Mozart; y luego estuvo pendiente de los cantantes. El coro de la AGAO, como ya nos tiene acostumbrados, se lució en la comprometida parte de Carmen de Bizet, y el cariñoso coro de Románticos. De propina, el inevitable brindis de La Traviata.

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