Carlos Bassas del Rey: “Es tan peligroso ser un fundamentalista de la verdad como un mentiroso compulsivo”

En ‘Soledad’, el autor catalán afincado en Navarra coloca a los personajes en un doloroso camino jalonado por hitos como la rabia, el miedo, la culpa, el odio o la venganza

09.02.2020 | 14:26
Carlos Bassas del Rey, en la plaza de Baluarte.

En su libro ‘Soledad’, el autor catalán afincado en Navarra coloca a los personajes en un doloroso camino...

pamplona - Un crimen. Una investigación. Una madre doliente. Un policía a la deriva. Son los ingredientes de Soledad (Al revés, 2019), la octava novela de Carlos Bassas (Barcelona, 1974), que este año opta al Premio Hammett con la anterior, Justo.

Esto no es una novela negra, o no tanto... ¿Qué diría que es Soledad?

-Es novela negra en tanto es una inmersión en el dolor de unos personajes afectados por una muerte violenta, pero, a partir de ahí, y a pesar de que el lector se encontrará trazas de una investigación policial que le llevarán a esclarecer quién es el culpable, Soledad es más una reflexión personal acerca del dolor, del duelo, de la rabia, de la culpa, del silencio, de las ansias de venganza incluso que envuelven a la muerte de una adolescente. Esa es la parte que, como escritor, más me interesa de la novela.

De Justo'a Soledad parece haber similitudes, comenzando por el título, escueto y con el doble significado -es el nombre de una mujer, pero también habla de cómo se sienten los personajes-, pero ¿cómo ha sido el paso de una a otra en términos literarios y de temática?

-En términos literarios, de estilo y técnica de escritura, Soledad supone un paso adelante más en la búsqueda de un estilo lo más directo, sencillo, descarnado posible; de una cierta prosa no exenta de una poética muy especial. Mientras Justo era una historia contada en primera persona, en Soledad decidí probar con la segunda y con la alternancia constante de puntos de vista -también de las personas narrativas, puesto que la parte de Romero está en una tercera particular-, que en ocasiones es casi una réplica. Creo que, como escritor, uno debe arriesgarse, aunque eso puede no acabar de gustar del todo a los editores, que lo que buscan por encima de cualquier otra consideración, como es hasta cierto punto lógico, es vender libros. Si son buenos, tanto mejor, por supuesto.

Por lo que dice, se está depurando hacia un estilo más desnudo, áspero, en carne viva en ocasiones. ¿Qué hay de cierto en lo que se dice de su particular guerra contra la hiperadjetivación?

-(Ríe) No es una guerra, es fruto de una reflexión personal como escritor, la de que el adjetivo es una de las armas más poderosas de las que disponemos, capaz de hacer estallar un mundo en la cabeza del lector cuando está bien elegido. Si llenas un párrafo, una página, un capítulo, una novela entera de adjetivos, al final carecerán de impacto. Por otro lado, también es fruto de un uso lo más correcto posible de los sustantivos. Si usas el sustantivo adecuado, incluso en una descripción, no necesitas tirar de adjetivos que lo complementen, puesto que ya los incorpora. La soledad, la oscuridad, el dolor, el odio, la rabia -suelo usar el ejemplo de la niebla con mis alumnos de talleres de escritura- no necesitan ser adjetivados. Otra cosa es que muchos escritores lo hagan porque creen que así el texto es más florido, más barroco o más literario. Lo mismo sucede con los adverbios.

Nuevamente, estamos ante una novela de gran carga social. Parece que la sociedad que contempla a su alrededor le duele y que necesita denunciarla o plasmarla a través de historias, de novelas. ¿Es así? ¿Es la ficción la que mejor refleja la realidad en estos tiempos?

-La función de contarnos la realidad -no digo la verdad- de una forma clara, directa y lo más objetiva posible es patrimonio del periodismo, y en determinados casos -por suerte quedan periodistas de raza, no funcionarios de la palabra-, así sigue siendo. Pero los periodistas llegan hasta donde pueden o les dejan debido a la gran cantidad de obstáculos y presiones directas e indirectas que sufren a diario. Mi función como escritor no es otra que la de contar historias; contar bien buenas historias. En mi caso, mis historias están pegadas a la realidad, no puedo evitarlo, y el mundo que veo a mi alrededor está tan herido, tan roto, tan destrozado que no puedo dejar de plasmarlo así. A veces, el mejor modo de contar cierta verdad es a través de la mentira, entendida esta como la ficción, de ahí que en tiempos de control de la información, de dictaduras, de monarquías absolutistas, de teocracias, de tuitcracias o mercadocracias como la actual -lo único que queda libre en este maldito planeta es ya solo el Mercado-, la censura no solo se aplique a la prensa, sino al resto de la producción artística, a la propia ficción.

¿En quién se inspiró para crear a Soledad? ¿Y a Romero?

-Ambos son personajes de ficción, creados de la nada, pero cosidos a partir de decenas de retales de gente que existe. Mi intención, por un lado, era adentrarme -en la medida de lo posible- en la cabeza de una madre doliente, y, por otro, en la del policía que investiga el caso de asesinato y arrastra su propio dolor, de otra índole, que nada tiene que ver con el de esa madre, pero que acaba llevándole a lugares parecidos.

En la primera página hace una advertencia muy al estilo de Dante en la Divina Comedia. El "¡Oh, vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza!" en su caso se transforma en "A partir de aquí el lector encontrará solo tristeza". Parece que Soledad no fuera para todos los públicos...

-Sentí que debía hacerla, que se la debía al lector. Mucha gente busca en la literatura una evasión que le lleve por terrenos diferentes al que yo planteo en esta ocasión. Soledad no es un whodunit, una novela de misterio o un policial en el que lo importante es descubrir al asesino, aunque ese juego está ahí: Soledad es un descenso a los infiernos del dolor, de la culpa, del odio, de la rabia, de la tristeza, del silencio que todos vivimos en momentos determinados y del que jamás salimos indemnes; por lo tanto -a riesgo de que mis editores pongan el grito en el cielo-, no es una novela para todos los públicos. No es un tema de, por decirlo de algún modo, clase, sino de puro contenido. De hecho, ha sucedido que amigos míos muy lectores han tenido que abandonarla por el momento vital en el que se encontraban.

¿Qué le ha supuesto escribir esta novela? ¿De dónde sale tanta tristeza y oscuridad?

-Me ha supuesto mucho dolor. Los escritores jugamos con ciertos tópicos en entrevistas como esta, como el de que llega un momento en el que los personajes toman vida propia y te hablan o que nos hemos desgarrado, llorado, casi quedado exhaustos escribiendo tal y cual pasaje, solo que en este caso así ha sido. Hay una frase, que es un verso de un autor sufí llamado Rumi, que dice que "la herida es el lugar por donde entra la luz". Soledad, escrita en parte tras la muerte de mi padre, que es mi mayor herida ahora mismo, ha sido, en cierto modo, una necesidad. No soy muy hábil expresando mis sentimientos de viva voz, pero sí escribiéndolos, de modo que eso he hecho, y lo he hecho no siguiendo un modelo clásico de novela del yo o de novela terapia, sino haciendo lo que mejor se me da, que es construyendo una historia que nada tiene que ver con el origen de mi dolor, que no le interesa a nadie más que a mí.

¿Cree, como indica en la contraportada, que la verdad no siempre es la mejor vía y que a veces, de hecho, quema todas las vías posibles?

-Ese et veritas liberabit vos de Jesús en el Evangelio de Juan es una de esas frases que todos hemos citado en algún momento de nuestra vida sin detenernos a analizar qué implica de verdad. Si mal no recuerdo, fue el sociólogo norteamericano Robert Merton quien habló de las consecuencias imprevistas que toda acción humana implica; en ocasiones, se trata de resultados imprevistos positivos -lo que llamamos serendipias-, pero, en otras, los resultados pueden llegar a ser desastrosos. Decir la verdad de un modo directo, descarnado, en ocasiones, puede acarrear ese tipo de devastación. Con esto no quiero decir que abogue por no decir nunca la verdad, sino que debemos calibrar muy bien lo que querer saber y saber puede conllevar para uno mismo y para los demás. A veces, lejos de hacerte libre, saber la verdad y decirla sin más lo único que hace es destruirte a ti mismo y todo lo que tenías a tu alrededor. Creo que es tan peligroso ser fundamentalista de la verdad como un mentiroso compulsivo.

Como ha comentado, la estructura es, junto con el tono, una de las principales características de la novela. ¿Cómo llegó a ella y por qué esta alternancia de segunda y tercera persona?

-Tras Justo, escrita toda en primera persona, es decir, contada siempre desde el punto de vista del mismo personaje, me apetecía probar algo nuevo, alejarme de ese camino ya transitado -al que volveré algún día-, de modo que, en esta ocasión, pensé en alternar dos puntos de vista -ambos cuentan lo mismo, cada uno desde su perspectiva- y usar una segunda persona para uno, el de la madre, Soledad, y una tercera que tampoco es canónica para el personaje del policía, de Romero. La segunda persona es, al menos para mí, la más arriesgada, porque es incómoda y difícil de escribir e incómoda y difícil de leer, pero me apetecía probarla, porque si consigues hacerlo bien, la potencia de las palabras, de los sentimientos, se multiplica. De ahí el dolor que transmite la novela.

¿Por qué diez días? ¿Y por qué esos diez sentimientos? ¿Cómo influye esa estructura en lo que va sintiendo el lector?

-Lo de los 10 días es, en realidad, fruto de un tiempo medio más o menos habitual en investigaciones de este tipo de casos -algunos se resuelven antes, otros mucho tiempo después, pero los escritores tendemos a concentrar como recurso narrativo-, y, a su vez, nos habla también de esas famosas fases del dolor por las que atraviesa alguien que ha perdido a un ser querido, en este caso, de un modo salvaje. Algunos hablan de cuatro, otros generalmente de cinco, incluso algunos señalan que se componen de siete u ocho, a las que yo añadí la venganza y, finalmente, el descubrimiento y aceptación de la verdad. Esa verdad que lo calcina todo a su paso.

Siendo una novela diferente en contenido y forma, ¿tuvo miedo de no conectar con los lectores, de haber dado un salto muy arriesgado dentro de su trayectoria literaria?

-El miedo a no gustar, a que no te lean, a que tu novela no le interese a nadie más que a ti -ni siquiera a tu familia- siempre está ahí. Forma parte de esto que supone publicar. No negaré que atenaza un poco. Cuando uno publica en una editorial profesional, cuyo objetivo, no nos engañemos, es vender libros -eso no implica en ningún momento que sean necesariamente malos-, pues quiere hacer precisamente eso: vender. Y eso no es ni traicionarte, ni venderte, ni ser peor escritor ni mucho menos; es saber cómo funcionan las cosas y querer ser un profesional de esto, es decir, convertir la escritura literaria en tu profesión. Pero no arriesgar jamás por ello, por vender, por mantener cierto estatus como escritor te convierte en alguien a quien lo único que le interesa es vender libros -perfectamente loable-, no en alguien mejor en tu profesión día tras día. Autores como Donna Leon, por ejemplo, lo tienen muy claro: 28 novelas de la saga Brunetti, una tras otra, y listo. Precisamente por eso dejé de leerla hace tiempo, porque dejó de interesarme, pero es probable que jamás llegue a vender ni la mitad que ella. No me importa: no me dedico a la literatura solo para vender libros, aunque sea importante, sino para otras cosas menos aparentes pero más importantes.

¿Qué impresiones le están llegando de lectores y crítica? ¿Hay algo que le esté sorprendiendo de la acogida?

-La unanimidad en torno a la calidad literaria del texto, su originalidad -no es habitual encontrar novelas de este tipo en el mundillo actual de la novela negra- y su dureza ha sido generalizada, pero sé que algunos lectores han tenido que abandonar su lectura de modo terapéutico. A mí, como escritor, eso me dice que he hecho bien mi trabajo; aunque pueda haber perdido a algún lector por el camino, habré ganado otros. Creo que lo peor que te puede decir un lector es que tu libro le ha dejado indiferente; que salió de él igual que entró; que no se ha llevado nada del viaje.

En cuanto a su novela anterior, Justo, está nominada al Premio Hammett. ¿Qué supone? En teoría no se escribe para recibir reconocimientos... ¿O sí?

-El Hammett es, quizás, el premio más prestigioso en lengua castellana en lo que a novela negra se refiere. Lo concede la Semana Negra de Gijón, que es la decana de todos los festivales negros, y, no te mentiré, a todo escritor de noir nos gustaría tenerlo, aunque despotriquemos de él cuando no lo gana el libro que queríamos algún año o el compañero que creemos que más se lo merecía más en otro. El mero hecho de estar en la terna de nominados ya es un honor en sí mismo. ¿Supone un mayor número de ventas? Quizás sí, quizás no. ¿Supone un mayor reconocimiento? Tampoco lo sé. Lo único que sé es que me gustaría estar en la terna de nombres que lo han ganado, algunos grandísimos escritores: Piglia, Fallarás, Zanón, Luján, Ravelo, Llorente, Juan Bas, por citar solo a los últimos.

¿Ha aparcado para siempre la saga del inspector Corominas o regresará en algún momento?

-Mi intención es cerrar la saga con una última entrega. Corominas y sus lectores se la merecen. Lo que no sé es cuándo llegará, pero su arranque hace tiempo que está escrito.

¿Y qué hay de la saga de Aki Monogatari, el aprendiz de samurai?

-También continuaré transitando por ella. Le tengo demasiado cariño para abandonarla, y también me ha dado muchas alegrías, como estar nominado este año a Mejor autor español de novela histórica por la Sociedad Hislibris, toda una sorpresa y, por supuesto, un honor.

¿Qué tiene en cartera ahora mismo?

-Pues estoy acabando el último capítulo -que curiosamente es el primero de la novela- de una historia ambientada en la Barcelona de mediados del XIX y empezando una nueva novela negra también autoconclusiva de título aún provisional, aunque suelo mantenerlos casi siempre.