Adiós a un festival ecléctico

Federico García’ y ‘Gelajauziak’ cerraron con broche de oro la vigésima edición del Festival de Teatro de Olite, que un año más ha apostado por el diálogo con otros lenguajes artísticos como la danza, la música y la poesía

09.02.2020 | 22:59
Los bailarines de Kukai Dantza, en la plaza Carlos III durante el espectáculo ‘Gelajauziak’, que cerró el festival.

Federico García’ y ‘Gelajauziak’ cerraron con broche de oro la vigésima edición del Festival de Teatro de Olite, que un año más ha apostado por el diálogo con otros lenguajes artísticos como son la danza, la música y la poesía

Niños, jóvenes y adultos se dieron cita la noche del sábado en la clausura del Festival de Teatro de Olite, en la que la música y la danza fueron las grandes protagonistas.

"De Antígona a Nina Simone y de Tebas a Nueva York y París" fue la ruta que siguió la vigésima edición del festival que, según su director Luis Jiménez, "nació con el objetivo de darle a Olite su propia identidad, "sin convertirlo en una franquicia".

Si en la actualidad muchos festivales aprovechan el verano para ofrecer una programación distinta a la del resto del año, Olite ha cumplido con esto a rajatabla con una programación ecléctica, en la que lo clásico y lo contemporáneo se dieron la mano. Asimismo, la presencia de Jon Maya como director invitado dotó de misticidad al encuentro con los dos espectáculos de Kukai Dan-tza, que fusionaron el folclor vasco y la danza contemporánea.

Los espacios inesperados y la escenografía, en algunos casos "surreal" según describieron algunos asistentes, protagonizaron esta edición en la que el talento local ha estado presente de la mano de Alfredo Sanzol y su obra La valentía y las compañías navarras Boga-Boga con Descubriendo a Hamlet, Atikus Teatro con Tres mujeres de Lorca e Iluna con Paso(s) de la política española.

"La lucha de la mujer está presente tanto en Antígona como en Nina Simone, ambas nos acercan al alma de la mujer y recogen el latido social en estos tiempos de regresión e incertidumbre", apuntó Jiménez en relación con Antígona, de La Ferroviaria, que abrió el festival, y con Retrato de Ludmilla en Nina Simone, de la compañía francesa La Comédie de Caen, que trasladó al público a un concierto de jazz en La Gran Manzana.

tradición y poesía Federico García, de Pep Tosar, y Gelajauziak, de Kukai Dantza, cerraron el festival con broche de oro en una gala en la que el recuerdo y la memoria cobraron protagonismo. La obra de Tosar, cuyo título ya es toda una declaración de intenciones, desnudó al poeta y dramaturgo granadino de su mito, devolviéndole la cualidad de persona que muchos habían olvidado. La voz de Tosar sirvió de guía al público de La Cava en un recorrido por la vida de Federico, desde su infancia en Fuentevaqueros hasta su juventud en Granada y Madrid y, posteriormente, su salto al estrellato que le llevaría a visitar Cuba y Nueva York. Todo ello aderezado por el cante y el baile flamenco. Asimismo, la proyección sobre un tul del documental homónimo ofreció testimonios de Vicenta Fernández-Montesinos, sobrina de Lorca, además de expertos como Mario Hernández, Antonina Rodrigo, Juan de Loxa y Allen Josephs que, según desveló Tosar, "parece que hablan de un familiar o alguien cercano cuando nombran a Federico". La actuación, que concluyó con el lema "la muerte que no cesa", levantó al público de sus asientos mientras aplaudía afanosamente.

Tras el espectáculo lorquiano, a las 11.55 horas se hizo el silencio en la plaza Carlos III y acto seguido los bailarines de Kukai Dantza hicieron su aparición en el escenario. Bailes circulares, acompañados de sonidos rudimentarios como el agua de un pozo, una puerta de madera cerrándose, o un campesino arando la tierra, trasladaron al público a un ambiente rural. El Akelarre, del escultor Nestor Basterretxea, presidió el evento en el que niños y niñas observaban con asombro cada movimiento que ejecutaban los bailarines.

El festival se despidió un año más "con la satisfacción del deber cumplido", según apuntó su director. Con Lorca como eje y Portugal como país invitado, Olite se ha hecho un hueco entre los festivales de teatro clásico más prestigiosos del país, con la singularidad de que apuesta por el diálogo con las demás artes escénicas y una programación camaleónica.

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