Ciclo nocturno

Ni una sola palabra

10.02.2020 | 01:05
Juan de Juan demostró que es mucho más que una promesa.

espectáculo de juan de juan

Fecha: 22/08/2019. Lugar: Hotel Tres Reyes. Incidencias: Sala llena para el estreno de Armonía, el nuevo espectáculo del bailaor Juan de Juan, que estuvo acompañado por cuatro cantaores y dos guitarristas.

La semana del flamenco avanzaba y la actividad, lejos de decaer, mantenía su vigoroso ritmo, al igual que las ganas de disfrutar por parte del público. La jornada del jueves marcaba el ecuador de esta sexta edición y estuvo, como el resto de los días, repleta de eventos. Por la mañana, en los balcones de la calle Mañueta, allí donde dio sus primeros pasos el maestro Sabicas, nos cuentan (y podemos certificarlo tras ver los vídeos en internet), que los locales Ángel Ocray al cante y Rafael Borja a la guitarra emocionaron a la concurrencia con su arte, mientras que Pepe Habichuela y Ketama hicieron lo propio en el balcón del ayuntamiento, al igual que José del Tomate en el de La Perla. Por la noche, José Mercé y Tomatito, por su parte, reventaron Baluarte.

En la tercera velada del ciclo nocturno, Juan de Juan nos ofreció el estreno absoluto de su nuevo espectáculo, titulado Armonía. El artista, que años atrás trabajó en las coreografías Torero y Gitano, de Antonio Canales, hace ya tiempo que comenzó su carrera en solitario, erigiéndose como uno de los grandes bailaores de su generación. Su actuación de Pamplona comenzó con sonidos de guitarra y piano y murmullos de bebé, quizás para indicar que lleva el arte en las venas desde el mismo momento en que nació. Sobre el escenario se colocaron cuatro cantaores y dos guitarristas que se pusieron a tocar casi en penumbra. Después fueron los cantaores los que quisieron cantarle al dolor del alma, a las penas del sentimiento y a los abismos interiores que no pueden ser entendidos por la razón. Salió entonces Juan de Juan para bailar y taconear, pisando con fuerza la madera, espoleando demonios con los tacones de sus botas mientras giraba sobre sí mismo a la velocidad del rayo. Para la siguiente pieza se cambió la americana negra por otra clara, pero su baile mantuvo la misma pasión durante toda la velada, en la que De Juan fue entrando y saliendo de escena intermitentemente. Durante sus ausencias, eran los cantaores los que iban adquiriendo protagonismo, cosechando en el público el mismo éxito que los bailes. Y es que los aplausos, los oles y, en general, los jaleos, fueron constantes, señal de que el respetable estaba disfrutando.

Hubo tradición, indudablemente, pero también momentos más contemporáneos. Ahí tendríamos que encuadrar, por ejemplo, la guitarra eléctrica que sonó, acompañando a la española. Y qué buena pareja hicieron, hasta el punto de que alguien del público pidió en voz alta que le subiesen el volumen a la eléctrica, que estaba derrochando elegancia. En la tercera aparición de De Juan, otra vez de negro, se mostró más visceral, agitando los brazos enérgicamente con las manos abiertas o los puños cerrados, pero sin chasquear tanto los dedos, como había hecho en las ocasiones anteriores. Se unió después a los cantaores con las palmas (y tras ellos, todo el público), antes de entregarse a un baile breve y saludar al respetable, que se puso en pie para aplaudirle. Pero todavía quedaban más piezas, algunas sin cante ni guitarreo por detrás, de tal forma que podía escucharse con total nitidez el estruendo de sus taconeos y hasta su agitada respiración. Toda una lección de cómo se pueden transmitir emociones sin pronunciar ni una sola palabra, sino con el dominio absoluto del propio cuerpo.