Música

Larga vida al Pim Pam Ville

10.02.2020 | 02:59

A muy pocos metros de la Mañueta, el Festival Pim Pam Ville tomó el relevo del Flamenco On Fire con un evidente cambio de estilo, pero manteniendo bien alto el nivel de calidad. Como viene siendo habitual, el Pim Pam Ville se desarrolló a partir del mediodía en la plaza de Los Burgos. El primer grupo en actuar fue Nickel & Rose, trío americano de folk (su formación lo deja bien claro, con guitarra acústica, contrabajo y violín). Melodías sugerentes, cierta tendencia a la melancolía, especialmente cuando cantaba Carl, y momentos algo más luminosos, sobre todo cuando cantaba Rose. Ecos de country, blues y jazz, e incluso pinceladas de música africana. Fue el grupo ideal para abrir el festival y el público, que disfrutó mucho su actuación, pudo ir entrando en calor.

No hubo más preámbulos, pues Joseba Irazoki y su banda salieron a arrasar desde el comienzo y no dieron ni un solo respiro. Escudero de lujo de otros artistas como Duncan Dhu o Nacho Vegas, el navarro sigue presentando su aclamado Zu al zara? La experiencia, sin duda, no deja a nadie indiferente: orgía de electricidad, bacanal de distorsión. Impresiona escuchar a semejante combo, que se mostró absolutamente avasallador en piezas como la que da título al disco o Zigorra, con la que iban a terminar. Y digo iban, porque el público pidió otra y tuvieron que volver a salir a tocarla, cosa que no estaba prevista.

De los seis conciertos de la tarde, escogí la franja central, que era donde estaban ubicados los otros dos grupos navarros. El público, notoriamente más numeroso que por la mañana, todavía comentaba lo bien que lo había hecho Craig Brown Band cuando apareció por el escenario Jon Ulecia & Cantina Bizarro. Con una formación diferente a la de la última vez que le vi (sin teclados y con Germán Carrascosa supliendo a Daniel Ulecia), sonaron tan compactos y oscuros como acostumbran, presentando las canciones de su último trabajo, Striptease, en las que quizás se muestren algo más sencillos, menos bizarros, valga la redundancia, de lo que el nombre de su banda podría sugerir. Hubo una serie de problemas técnicos que deslucieron en parte el tramo final de la actuación, aunque la calidad del músico y su banda están fuera de toda duda.

Llegó el turno de Kokoshca, el otro grupo de la tierra y, como bien apuntaron ellos mismos, el único de todo el cartel que cantaba en español, algo que les ayudó a conectar con la audiencia que abarrotaba la plaza. En las primeras filas estaban los fans ya convencidos; detrás, parroquia más distante. Pues bien, tanto unos como otros terminaron bailando al son de pildorazos como Mi consentido o Directo a tu corazón. Para Las chicas, Amaia pidió que las mujeres pasaran a las primeras filas y ella misma bajó del escenario para cantar junto a ellas. Después, su irresistible trilogía sobre las noches de juerga (Txomin, No queda nada y La fuerza). En No volveré se produjo una invasión consentida de escenario, con grupo y seguidores bailando abrazados. Las imágenes apocalípticas de El mal pusieron fin a su brillante concierto.

La última de las actuaciones que presencié fue la de Mani-las, banda en la que, además de Maika Makovski y Mariana Pérez, también milita la local Olaia Bloom. El trío ya nos había visitado en el Santas Pascuas del año pasado y su actuación del sábado estuvo a la altura del buen recuerdo que dejaron. Power pop, rock, punk... Qué más da cómo definir su estilo si el resultado es tan divertido. Y qué decir de Maika, que volvió a arrojar comida sobre el público y a bajar a bailar a las primeras filas dejando el camino allanado para que The Kids y The Fleshtones culminasen la faena. Larga vida al Pim Pam Ville.