"Las corporaciones ya no se atreven a financiar películas radicales; no quieren materiales subversivos"

10.02.2020 | 04:40
El director británico Ken Loach su llegada este miércoles al hotel que aloja a los invitados del Festival Internacional de Cine de San Sebastián, donde presentan su trabajo "Sorry we missed you", que se proyecta en la sección Perlas del certamen

Ha vuelto a Donostia para presentar su último trabajo, ‘Sorry, we miss you’.

donostia - Tras competir en la Sección Oficial del Festival de Cannes, el director Ken Loach, uno de los cineastas de referencia de la izquierda británica más reconocidos del mundo, ha pasado por el Zinemaldia para presentar Sorry we miss you, en la que, como ya hizo en Yo, Daniel Blake -Palma de Oro en Cannes y Premio del Público del Zinemaldia, en 2016-, se adentra en la empobrecida sociedad británica para analizar el mundo laboral. Este director, exponente del cine político y social como el Premio Donostia Costa-Gavras, aborda en Sorry we miss you la historia de un falso autónomo que se compra una furgoneta para repartir paquetería de una empresa matriz. "No te contratamos, te incorporas. No trabajas para nosotros, sino con nosotros. No repartes para nosotros, haces un servicio. No cobras un salario, sino honorarios". Estás son las condiciones que el empleador Gavin Maloney (Ross Brewster) ofrece al personaje protagonista Ricky Turner (Kris Hitchen) y que marcan el devenir de la relación laboral.

'Sorry we miss you' acumula muchísimos elementos dramáticos y una gran denuncia social. ¿Cómo hace para lograr un equilibrio y que la denuncia no quede oculta?

-Lo primero es por el guion. Tienes que tener una historia y una narrativa, pero también queríamos encontrar situaciones que fueran normales, que no fueran extremas.

¿Por ejemplo?

-Contábamos la historia de un hombre que llegó a morir, porque no se presentó a su cita en el hospital; no podía perder un día de trabajo. Apostamos por situaciones que no fuesen tan extremas, pero, a la vez, conmovedoras. Paul Laverty sabe escribir historias y todo está en el guion, pero hay que darle en vida y que sea realista. Eso es lo que hicimos. Muchas veces también depende de decisiones que tomas en el momento.

En su cinta habla de la situación de un falso autónomo de Newcastle que conduce una furgoneta, en una situación muy precaria, para una empresa de repartos. ¿Este tipo de situaciones tienen solución?

-En cuanto al trabajo precario, necesitamos un movimiento político con un programa que devolverá los derechos a los sindicatos y que también se ocupe de lo público, haciendo que este tipo de trabajos se hagan a través del servicio público de Correos y no mediante empresas privadas. En Correos tendrías un trabajo seguro, una jornada de 40 horas a la semana, un salario mínimo, podrías irte de vacaciones, tener derecho a ponerte enfermo... Esto debería ocurrir en cualquier empresa, pero no es así. El partido de izquierdas de Reino Unido, el laborista, lleva en su programa que todo el mundo tenga un contrato con garantías. Hay que volver a imponer estas condiciones.

¿Cómo conseguirlo?

-Nuestra experiencia en Gran Bretaña es importante. El partido laborista siempre ha estado dominado por su ala derecha: ahí están las privatizaciones, la guerra ilegal en Irak... Hay que recordar que Tony Blair era laborista. Pero ahora estamos en contra de todo esto, tenemos un líder de izquierdas, Jeremy Corbyn, que realmente cree en programas de izquierdas. Ha conseguido que un partido formado por muchos pequeños grupos desaparezcan para seguirle. El sectarismo ha desaparecido porque por fin tenemos una oportunidad de victoria. Es una lección que hay que aprender. Si la izquierda puede gobernar, es una obligación aceptarlo. No se puede ser indulgente con uno mismo.

Su filme presenta casos de trabajadores que, pese a ser conscientes de ser oprimidos por el empresario, no les queda otra que seguir con el empleo.

-Ahí está. Para eso están los sindicatos. Un trabajador por sí solo no puede hacerlo, es el sindicato el que puede protegerte y el que va a liderar la lucha. Es así como surgieron, aglutinando obreros vulnerables. El pasado fin de semana estuve en una conferencia laborista y conocí a miembros de un sindicato que intenta organizar a los conductores; un grupo de ellos quiere ir a la huelga y lo están votando. Hay cosas que están pasando, que se están empezando a defender. Lo que ocurre es que la prensa no dice nada de ello, no quieren que se sepa. Solo a través de las redes sociales te puedes informar.

¿Dónde queda la responsabilidad del ciudadano que compra, por ejemplo, en Amazon porque es más barato y rápido?

-Es inevitable. Hay que hacer reglas y todo el mundo queremos que esas reglas se cumplan. Siempre se puede culpar al individuo para hacerlo más cómodo. También podríamos decir lo que decíamos antes, que Correos se haga cargo de todos los paquetes o poner impuestos en los servicios de mensajería, que encarecerían los envíos; o prohibir el uso de gasolina. Mientras exista el mercado libre, que nuestros gobiernos adoran, esto va a seguir igual.

En su película también la analiza cómo la precarización afecta a los jóvenes, adultos y a los ancianos. Sobre todo, llama la atención sobre la desatención que viven los primeros y los últimos.

-No ocurre en todas las familias. Pero la gente trabaja tanto y tantas horas, que el día se va. Si no pueden ni cuidar de sus hijos, cómo van a cuidar de sus padres. Se produce una deshumanización. Volvemos a lo mismo, es consecuencia de esos horarios demenciales. Es cierto, aun así, que hay una fragmentación en la familia, más que nunca, se separan. La gente, a diferencia de lo que ocurría hace dos generaciones, se aleja de sus padres, los jóvenes viajan mucho más.

Si el caso de los falsos autónomos es tan flagrante, ¿por qué no actúa el Gobierno?

-Es que los gobiernos lo quieren así. Es a lo que llaman flexibilidad laboral y dicen que es maravilloso. Tony Blair era un gran defensor de la flexibilidad laboral. Efectivamente, es una flexibilidad que va en una sola dirección: el empleador le dice al trabajador que sea flexible, pero el jefe no lo es.

Hace un par décadas el cine político interesaba al público, pero parece que, hoy en día, a los jóvenes solo les interesa el cine de entretenimiento.

-(Ríe). Es una pregunta interesante, pero creo que es más complicada. En primer lugar, la gente que decide qué cine se hace no son los directores, son los inversores, las corporaciones. También los gobiernos, como el ICAA en el caso del Estado español. No quieren materiales subversivos, quieren películas que defiendan su punto de vista. Antes estaban dispuestos a invertir en algo un poco radical de izquierdas, porque pensaban que ese tipo de películas no iba a llegar muy lejos. Ahora ya no se sienten tan seguros, tienen miedo. Esa pequeña oportunidad que teníamos antes, los radicales ya no la tenemos. Las películas radicales son cada vez más peligrosas para los gobiernos y las corporaciones. Ya no se atreven a financiar pequeñas películas radicales.

Pero el público, ¿por qué no va a ver películas políticas?

-Siempre nos dijeron que sería así, desde que hago cine. Costa-Gavras, que hace unos días estuvo aquí, también hace películas subversivas, aunque de una manera distinta, con estrellas como Jack Lemmon. Nosotros trabajamos sin grandes nombres. A él, por ejemplo, no le ha ido mal con la película sobre Varoufakis (Adults in the room). En la década de los 30, entre las dos guerras mundiales, hubo una gran crisis económica y todas las películas eran escapistas, diseñadas para el entretenimiento. Ahora, quizá ocurra lo mismo.

Participó con esta cinta en el festival de Cannes en la Sección Oficial. En Donostia ha participado en Perlak. ¿Considera que estos encuentros se han convertido únicamente en escenarios de la industria?

-No me lo parece. Por parte de los festivales el compromiso con el público es muy grande. Lo más interesante es, justamente, la opinión del público. A mí me hubiese gustado poder hacer un debate sobre lo que trata esta película, pero no un debate en el que yo respondiese a las preguntas que me hagan. Más bien, que el realizador escuchase. No que me hiciesen preguntas, sino que me dijesen qué es lo que piensan de mis películas. Que me digan qué es lo que han sentido y pensado sobre ello. En Gran Bretaña estamos haciendo esto antes de proyectarla. Lo mejor no es cuando nos preguntan, sino cuando nos dicen Eso me ha ocurrido a mí y, entonces, cuentan su historia.