toros

Caminando con paso firme

05.04.2020 | 00:33
En la finca hay demasiado toro bueno y bien hecho.

Da gusto entrar en La Zorrera y ver movimiento de personal, reformas que mejoran la finca y a toda la familia dedicada a sus labores. Pero lo mejor es ver, cada vez más, largas camadas con buenos toros para grandes plazas.

Seguimos por tierras gaditanas. Aún tenemos tres ganaderías pendientes por estas tierras, y a mediodía vamos a La Zorrera, ganadería donde pastan y se alimentan las huestes de los herederos de Cebada Gago. Saliendo por la vieja rúa de La Cartuja jerezana, nos ponemos camino de Medina Sidonia con tiempo más que de sobra para un trayecto, que con la auto vía a Algeciras, se hace ligero. Y es que, antes de entrar en la finca, tenemos parada obligada. Tengo por costumbre pasar a visitar a la familia de Pascual a su venta, y allí nos encontramos con toda la familia, porque, aunque sea Pedro, hijo de aquel, y su mujer quienes llevan el chiringo, Pascual y su mujer, sentados en su sitio, dentro de la barra, siguen haciendo vida en lo que es toda su vida. Y con el café a media mañana, abrazos y saludos echados, tenemos espacio para comentar muchas cosas, personales, taurinas, políticas y de lo que sea. Virus incluido.

Aquí, en la cruz de la ruta del toro, el tema candente es la venta de Los Alburejos, finca donde hasta ahora se crían los toros de Torrestrella, hierro famoso que creara don Álvaro Domecq en los años cincuenta. Todo son preguntas y suposiciones. Respuestas varias. Muchas de ellas incongruentes. Y conforme vamos hablando con gente en este viaje, van aumentando los millones de euros pagados por la nueva propietaria, como si fuesen gramos de chorizo arriba o abajo.

Y con la palabra al aire, nos marchamos por un rato, que en casa de los hermanos García Cebada nos espera José. Y no es cortés retrasarse. Además, luego volveremos a comer, que ya nos tiene preparado menú especial la mujer de Pedrito porque tras la visita allí seguiremos cebándonos.

Ya desde la entrada hacia la hacienda el camino y las puertas nuevas, junto a los molinos del parque eólico, dan otro paisaje. Pasando bajo la auto vía entramos en la plaza del cortijo. Un autobús, Alicia, esposa del mayor de los hermanos, atendiendo en un tractor con remolque a un grupo de visitantes, es lo primero que divisan nuestros ojos. Vaqueros a caballo, y coches en movimiento es la segunda batida que uno infiere tras dar una panorámica de izquierda a derecha antes de llegarnos hasta la placita de tientas donde aparcamos el coche a la sombra. Hace calor, y apenas se mueve el levante.

Salimos del coche y vemos que además de que la plaza ya estaba pintada dos o tres años ha, todo el cortijo se ve blanco reluciente. Poco a poco, tapias incluidas, todo se ve más nuevo, es lo primero que comentamos. Y eso es una agradable sensación.

Y sin darnos tiempo ni a saludar al personal, aparece José en su coche y nos ponemos en marcha. Sentado adelante en charla con José, este año en que estoy incapacitado de la pierna izquierda, le toca a Josetxo subir y bajar a abrir puertas y cancelas. Y en esta casa las tiene de todo tipo.

Se hace imposible no hablar del desgraciado 8 de julio del pasado ciclo cuando la lluvia torrencial impidió la celebración del festejo y los toros tuvieron que volver a casa. Un día que dio un fuerte mordisco al beneficio de la Casa de Misericordia. Los toros no están. Todos fueron lidiados o echados a las calles.

Tiene nueva camada, y en el primer corral hay una decena variada de pelaje, pero pareja. Muy pareja. Tienen muy buena pinta. Todos tranquilos, juntos, demasiado algunos, lo cual hace difícil verlos uno a uno, pasamos un largo rato quietos mirándolos mientras hablamos de ellos. Es sencillo sacar seis toros para el encierro. Bueno, y diez. Y así empezamos entre todos a dar nuestro parecer sobre los seis más adecuados. Cosa de aficionados.

Visitamos toda la camada de saca, y hay más toros que posibles plazas. Cerradas tienen unas cuantas, y asustan los cinqueños que van a Vic. Pamplona es toda de cuatro años. Cenicientos, Calasparra, y demás localidades conocidas por ser impronta del toro serán destino de estos.

De los pamplonos me gustan dos negros. Uno sobretodo. Josetxo me apoya y Gabino sigue recordando embobado al ensabanado y al colorado. Y no es para menos. Pero lo que me queda muy claro es que aquí hay demasiado toro bueno, bien hecho y con la marca de la casa como para que se quede en el campo. Y así se lo hago saber a José.

Y sigue la conversación hasta las tantas por estos derroteros. Porque nos vamos a comer, oloroso mediante, por el camino de la mesa preparada en casa Pascual, la última, junto a la chimenea. Hay recuerdos que se hacen costumbre, y José frente a mí, con su revuelto de trigueros, y con las magníficas carrilleras que nos comemos lo sabe bien. Luego se enfadan conmigo, y con razón, la suya claro que no la mía, cuando exijo en la plaza el toro de Cebada que desde los ochenta hemos vivido, y que me da que no sale. Toro que ha cambiado, como todo en todos los mundos, no solo en el orbe taurino. Pero que pretendemos quede la esencia de esas casas inmutables donde el respeto por el animal y su vida esté por encima del propio puchero. Y eso aprendí del viejo criador, que soñaba con ver a Belmonte con sus toros porque los de ahora no valían, mientras por otro lado gustaba de Ojeda, y tardíamente del chico Manzanares.

Quizás algunos no estemos a la altura ni hayamos cambiado acorde a lo que funciona ahora. Puede ser. Pero la realidad que me deja este día es que las cosas van por muy buen camino. Veo a José involucrado en todo. Salvi de un lado a otro al cuidado de hembras y machos. Alicia llevando la casa al siglo XXI, mostrando el trabajo y rentando el agroturismo. Y eso me quedo hoy. Además, de por supuesto el detalle de José, no solo de comer con nosotros, sino de no permitirnos pagar en su casa. Y, aunque sea a tener en cuenta el detalle, no engrandece para nada lo contento que marcho de La Zorrera, porque la antigua esperanza se ve hecha realidad en el trabajo. Y eso dará sus frutos.