toros

Buscando la confirmación

19.04.2020 | 00:13
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De ser el nuevo el pasado año a volver con el premio al mejor toro, premio Carriquiri, después de haber echado una buena corrida en conjunto, la casa de Tarifa tiene el listón muy alto.

Anoche cenamos en casa. Pillamos unos bocadillos de rico ibérico para quitar la gusa del momento y descansar, que todavía queda tela de viaje. Llegamos tarde de San José Del Valle, y ese estar los tres tranquilos en la guarida jerezana viene de perlas a nuestros cuerpos hermosos. Y descansar cuando al punto de la mañana estamos en marcha camino de Tarifa se nota cuando vamos dando la vuelta por la cornisa del mediodía español. Uno que vive pegado a la frontera septentrional alza la mirada pensando en lo lejos que estamos de allá arriba y se queda ensimismado por lo hermoso que es esta tierra, donde el mar, las charcas, las altas cotas y la continua dehesa va pasando por los ojos en continua y perfecta armonía.

Hemos quedado en la venta Apolo XI que se encuentra a la entrada de la localidad de Tialvilla, población de casas blancas que se encuentra en lo alto de la ondulada dehesa, apenas a una legua de playas salvajes que conducen a la localidad más meridional de la península. Nos da tiempo de seguir desayunando, un poco más ampliamente. Ósea, el zumo, el café, el mollete con aceite rico y demás condimentos. Y es que vamos a entrar a la finca La Palmosilla, que da nombre a la ganadería de hoy, la cual se encuentra en medio de un mar de fincas donde miles de hectáreas parecen todas una, y a la familia ganadera gusta quedar allí y venir a buscar a los visitantes para llegarse entre caminos y cercas hasta la ubicación final. Y vamos a esta finca porque aquí está el lote apartado para los Sanfermines, que a día de hoy, en el invierno andaluz el tiempo cambiante nos barrunta una visita fría y con peor luminosidad que días atrás. Además, en esta zona el viento suele ser de altísima nota. No en vano, a pocos kilómetros de donde nos encontramos, son famosas las olas que los de la tabla surfera sueñan y por eso aparecen por estos pagos en seguida peregrinación.

Nos recoge uno de los vaqueros, que tarda porque la guardia civil ha paralizado la carretera, y nos revisa hasta nosotros. Hace media hora han interceptado una lancha rápida descargando droga en una de esas playas de las que hablaba y no han conseguido pillar a todos los porteadores, que al grito de agua salieron en estampida huyendo de las fuerzas del orden. Por aquí es habitual. Y con esa interesante charla vamos recorriendo los kilómetros camino del cortijo por esos largos y ondulados caminos de tierra bien pisada, donde la primera impresión es lo verde que está todo, la buena hierba que se ve por doquier, y ya, en mi mente, proceso la increíble diferencia que hay en mil doscientos kilómetros de distancia, porque aquí están plantando de todo, y creo que hasta el cuarenta de mayo no voy a poder poner nada en casa.

Ya en la entrada me quedo con que han añadido un cartel donde pone La China, que es el nombre de la finca que tienen cerca de Tarifa, hacia la playa donde acogen a las vacas, becerros y añojos, porque en esta están los erales adelantados, novillos y toros. Suele ser normal, que por falta de espacio oportuno para este animal, que es inmenso el escenario necesario para criarlo en condición, se dividan las cabezas en diferentes lugares por lo complicado que es hoy en día acumular los cientos de hectáreas necesarias para esta crianza. Y aquí el lote de Pamplona está muy definido. Apartado una docena de toros, con variedad de pelos porque la sangre Núñez del Cuvillo se ve presente, la corrida a día de hoy, febrero, parece una escalera. Todo lo contrario a la del pasado año, que ya se veía ser un corridón parejo como así lo contamos entonces, y que nos parecía que no era para figuras. Yo, personalmente, me llevo una decepción. Está claro que el levante continuo en estos lares, feroz este invierno, puede estar incidiendo en llenar los cuerpos serranos de estos toros, pero la veo muy desigual, tanto en hechuras como en caras. Hablamos de ello, y claro, el jefe no está, y el vaquero no da más allá de su opinión, y entre particulares ahí se queda. Damos muchas vueltas, despacio, sin prisas, y hay un negro que como se dice en el argot, es un taco. Está tan hecho, que los que se acercan a él parecen los hermanos pequeños, y eso, a quien no se dedica a mirar toros en el campo puede descolocar el lote completo y parecer otra cosa. Pero, humildemente, sigo mirándolos y me cuesta sacar seis, de esos que se dicen de Pamplona en el campo bravo español. A pesar de todo, falta tiempo. Mucho aún, y en una generosa primavera, que está zona lo da, todo puede cambiar.

Al final echamos la mañana, y tras tomarnos algo con el vaquero que tan gentilmente nos ha atendido, decidimos volver a Jerez a comer, y darnos un último homenaje para el cuerpo. Y al final serán dos, comida y cena. Y es en la comida, a solas, en la Cruz Blanca a base de elaborados platos de nueva cocina regado todo con grandes caldos, donde la discusión sobre los toros de La Palmosilla nos pone a todos de acuerdo. No es la del año pasado, ni de lejos, en cuanto a hechuras y caras. Y ya, de noche, con los jóvenes amigos que nos llenan de vinos y viandas para que subamos a casa con ellos, es donde, con el mejor tataki de atún rojo de España, charlamos de todo el periplo andaluz. Han sido cinco casas ganaderas, cuatro en Cádiz más Miura y todos me preguntan por la mejor, o más preparada a día 25 de febrero, para pasar el fielato veterinario, y del más estricto de los aficionados. Y creo que Cebada Gago y Fuente Ymbro se llevan mi mejor nota de todo lo visto este año. Claro está que aún nos quedará estar con José Escolar en Ávila, pero eso será otro día.