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Botero y yo

A comienzos del siglo xx la abundancia de carnes era señal de estatus; en aquel entonces la redondez "vendía"

29.01.2021 | 13:30
'Mujer con espejo', una de las célebres esculturas del artista colombiano Fernando Botero ubicada en Madrid.

Sin duda, la resaca de enero parece ser una época propicia para reflexionar en torno a cuestiones dietéticas y, por supuesto, para mentar la bicha, o sea, aludir a las terroríficas curas de adelgazamiento, casi siempre convertidas en agua de borrajas a los pocos días de comenzarlas. Pero, en todo caso, nos encontramos en una estación muy oportuna para deleitarnos con verduras de toda índole (como las coles, de las que ya hablamos recientemente), que resultan siempre diuréticas y favorables para las buenas intenciones, las que pretenden poner a raya el cuerpo.

Desde luego, la arruga puede ser bella, pero a la obesidad por razones médicas y también estéticas se la combate con un odio superior al que inspira el tabaquismo. Lejos están los tiempos del maestro Rubens y sus rollizas modelos. Por no hablar en la actualidad del famoso artista colombiano hoy casi nonagenario Fernando Botero. A su peculiar estilo figurativo se le conoce como el boterismo. Tanto en pintura como en escultura, realiza figuras robustas y rechonchas; hablando claro, gordos y gordas.

Lo dijo muy expresivamente el artista y crítico de arte gallego Miguel Calvo Santos: "La obsesión de Botero por pintar gente gorda hace que las figuras de Rubens parezcan modelos anoréxicas. Todos sus personajes tienen siempre unas tallas de más. Ya sea Jesucristo, un dictador, un obispo o el propio pintor, sus retratos siempre tienen un tratamiento exagerado en sus proporciones".

Por otra parte, fue sobre todo a finales del siglo XIX y comienzos del XX cuando "vendía" la moda de la redondez. Inolvidable, en tal sentido, el anuncio completamente naïf de un genuino chocolate para hacer a la taza, que data de 1851 (que, por cierto, volvió al mercado en 2014), con su célebre campaña Antes y después de tomar el chocolate de López. El cartel de la compañía muestra a una pareja esquelética y alicaída frente a otra gruesa y sonriente, conforme a los cánones de la belleza y del estatus privilegiado de entonces, tras disfrutar del referido chocolate.

En un país asolado por la necesidad, el hambre y con sus gentes ennegrecidas trabajando de sol a sol, el ideal social era la sobreabundancia en carnes, así como las pieles pálidas y empolvadas, tan distintas a los cuerpos esbeltos y bronceados de hoy día. Redundando en esta idea de la gordura como el auténtico pecado capital de nuestra sociedad actual, no podemos dejar de citar al riguroso, y a la vez divertido, gastrónomo José Manuel Vilabella, gallego de nacimiento pero ovetense de corazón , por aquello de que "el hombre es más de donde pace que de donde nace".

Y añadía: "Los gordos se han convertido en una etnia, en una clase social, y los inquisidores de la dietética los aíslan para hacerles la vida imposible: reducen los asientos de los aviones, les impiden ir al cine, los avergüenzan en el ascensor. La fobia al gordo origina a la larga el espanto de la anorexia y el absurdo de la bulimia. El gordo quiere observarse por dentro, descubrir su esqueleto, verse la calavera en el espejo. El gordo, antes de partir para el más allá, quiere darse la vuelta como un calcetín y decirnos adiós con esa tristeza de los andenes y esa sonrisa triunfante del que muere por la patria ajena, del que abjura de su cocido, se olvida de su tortilla de escabeche y niega, como Pedro, y por tres veces el canto del gallo asado con patatas nuevas de su juventud. Al franquismo, a su sistema político injusto, a su férrea dictadura militar, le llamaba El régimen. Por algo sería".

El orondo Fernand Point (precursor de la Nouvelle cuisine y el primer chef de la historia en obtener las tres estrellas Michelin en su restaurante La Pyramide de Vienne, en 1933) siempre alardeaba de su corpulencia, sacando a relucir su vis cómica en una arrebatada defensa de la gordura de los cocineros: "Cuando voy a un restaurante que no conozco, pido siempre conocer al chef antes de comer. Sé que si está delgado no comeré bien. Y si es delgado y triste, no tengo más alternativa que salir disparado. Pero antes de menospreciar a un delgado, es mejor informarse, ya que puede tratarse de un antiguo gordo".

COCINEROS FLACOS Y DE DISEÑO Ni tanto ni tan calvo. Es evidente que aquí pasamos pronto del blanco al negro. Hay quien ha llegado a afirmar que hoy día se llevan más los cocineros delgados y con ropas de diseño. Lo cual, en definitiva, es una pijadita tan grande como la boutade del inmenso Point. Y para salirse un poco del tiesto de lo políticamente correcto, nada mejor que citar unas estrofas del Himno a la celulitis del escritor mexicano Enrique Serna, que tanto gusta a Isabel Allende, quien nos lo recuerda en su delicioso libro Afrodita: " ¡Oh encanto de la gorda/ pierna de robustez elefantina/ que en grasa se desborda/¡oh majestad divina/ del muslo rebozado en gelatina!/ Vivan las adiposas/ adoratrices del esfuerzo nulo,/ que dejan las odiosas/ fatigas para el mulo/ y comen todo lo que les agranda el culo". Algo que suena actualmente a subversivo (o al menos contracorriente).

Viene al caso también el conocido tema de la Orquesta Mondragón Ellos las prefieren gordas: "Mira las ágiles ballenas,/ de muslos aceitados/ y piérdete en sus cuerpos./ Gordas, pasean por la arena/ volumen imponente/ despiertan tus deseos./ Te descubren placeres intensos/ y algo sin igual para gozar". Eso sí, placer compartido, o como diría el grandioso poeta Luis Cernuda, "libremente, con la libertad del amor".

Por último, a raíz de una charla informal al respecto de estas reflexiones, mi amigo Santiago Eraso (prestigioso investigador en el campo del arte y la cultura y que fue durante largo tiempo director de Arteleku) puntualiza con tino: "Efectivamente, ahora el cuerpo gordo es una de las formas de incorrección más segregadoras. Como dice el título del libro de Miren Jaurne Las Venus que rompen el espejo, se rebelan contra los cánones o gritan con rabia contra la gordofobia. Como cuenta también Magdalena Piñeyro en su libro 10 gritos contra la gordofobia, detrás de toda esa normativización mercantil del cuerpo se encierra un perverso sistema de control disciplinario sobre los cuerpos, además perversamente camuflado".

Crítico gastronómico y premio nacional de Gastronomía

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