Quique González: "Se puede hacer rock en una cabaña; y punk en una colina"

10.10.2021 | 00:26
Quique González: "Se puede hacer rock en una cabaña; y punk en una colina"

El madrileño, asentado en la Cantabria rural, publica 'Sur en el valle', un disco introspectivo y "más que de imágenes que de historias y personajes"

El cantautor de rock Quique González lo ha vuelto a hacer. Su 13º disco, Sur en el valle (Cultura Rock/Varsovia!!! Records) va a ser uno de los más recordados de 2021. Sus canciones aluden al contexto en el que vive, en el entorno rural de los Valles Pasiegos cántabros, y a ese viento poderoso que invita a hacer locuras. Y le ha quedado un álbum de puro rock'n'roll, aunque el más reflexivo y crepuscular de su carrera, "más de imágenes que de historias y personajes", explica el madrileño, que ha musicado un poema de Kirmen Uribe y actuará en Donostia, en el Victoria Eugenia, el 26 de diciembre.

Vuelve a la antigua normalidad, a las canciones propias.

—Pues sí, tras el disco con letras de Gª Montero me enfrento a mis propias historias con el poso que me ha dejado ese maestro de la poesía. Su cercanía ha añadido herramientas a mi forma de escribir.

Ese disco le dio muchas alegrías, y al público también.

—Fue difícil por motivos obvios y su formato acústico; pero sí, tienes razón. Lo oí recientemente en el coche de un amigo y me trajo muy buenos recuerdos. Y eso que no reviso mis discos.

¿Cuándo surgió 'Sur en el valle, antes o durante la pandemia?

—Antes del anterior ya había escrito tres de estas canciones, que quedaron apartadas. Y al acabar el proyecto de Montero compuse el resto y recuperé las previas.

Es su decimotercer disco...

—No soy supersticioso, no creo mucho en brujas ni gafes. No me afectan esas cosas. El mal está en otros sitios (risas).

"Dame fuego, dame tracción... dame pasión". Así se inicia el álbum. Pasión no le faltará, dice Fito que usted le insufló las ganas de hacer su último disco.

—Fito es extremadamente generoso y buen compañero. Se lo debe a la música, no a mí. Quienes nos dedicamos a esto, si tenemos periodos más oscuros que nos hacen sentirnos inseguros y en crisis oímos una canción de alguien que nos gusta y, de alguna manera, te reta y te devuelve la ilusión por continuar. A mí me pasa con Fito y otros muchos músicos que me ponen gasolina.

¿El disco es fruto del entorno, de Villacarriedo y su familia?

—El protagonista es ese viento sur que va apretando el valle y condiciona tu estado mental, emocional y físico. Los vientos poderosos tienen un gran poder transformador. Ha hecho que las imágenes sean más importantes que las historias y personajes. Es más de planos, más de concentración que de acción.

El tópico liga el rock a la urbe pero usted rompe ese lugar común, como La Polla Records. 'Nebraska' de Springsteen es otro ejemplo.

—Se asocia el entorno rural con discos reflexivos y sosegados al carecer del exceso de información que aporta la ciudad, pero hay discos súper rockeros hechos en una cabaña, como los que citas; y se puede hacer punk desde lo alto de una colina.

Es rock, pero ha quedado un disco introspectivo, no de celebración.

—Es cierto que la pandemia remite, pero no noto tanta euforia. Ganas de fiesta sí que hay, es verdad; pero noto más miedo e incertidumbre que euforia. El hecho de no estar escrito en movimiento, como otros, sino en mi vieja furgoneta aparcada frente a casa, ha hecho que tienda más a la contemplación que a la acción.

El álbum se inicia y concluye en tono de blues.

—Bueno, es que me gusta mucho. Me siento un bluesman en esencia al haber tocado mucho solo y cantar canciones que tienen mucho de pérdida y melancolía. Sin llegar a hacer un ejercicio de estilo, claro. El último tema, Los amigos se van, se refiere a cuando desconectamos de ellos y tomamos caminos diferentes.

Ese ambiente introspectivo casa muy bien con el uso de instrumentos acústicos como el contrabajo.

—Lo utilizamos mucho en el anterior y he aprovechado el regreso de Jacob Reguilón para seguir con él. Probamos también con el bajo eléctrico, pero me he enamorado de la calidez del contrabajo, de su madera y su carácter orgánico. Le va muy bien a las canciones. Yo, al componer, me dejo llevar por ellas, que vuelan solas, y por los músicos.

Ha usado muchos teclados Hammonds y Wurlitzer, muy clásicos, de los 60 y 70. ¿Suena más a Dylan y Van Morrison que a 'Americana' a lo Ryan Adams?

—(Medita). Puede ser, sí, pero me gustan mucho los tres. Adams está pagando artísticamente lo hecho en su vida personal, algo que no se perdona en Estados Unidos. Pero eso no pone en duda su talento como músico. Y sobre los teclados... me encanta el Hammond de Georgie Fame con Morrison o los de Dylan en los 80, y el sonido del Wurlitzer que, a diferencia del piano, da profundidad, gravedad y solemnidad al sonido. Es un teclado juguetón y muy rock de los 70, quizás el mejor periodo de la historia de la música.

Sus letras son más sugerentes que nunca.

—Los paisajes son más importantes que las historias en el disco. Me gusta crear imágenes en un escenario que ayude a poner un contexto a la canción. Este lo ha hecho menos narrativo, es más de preguntas que de respuestas e historias cerradas.

La más explícita y pegada a la realidad es 'Tornado'.

—Sí, dentro de lo abstracta que es. Me jode asociarla al confinamiento, pero es la única que habla un poco de ello. Es la que salió más fluida, en el primer mes de estar en casa, fruto de que los tiempos estaban cambiando. Es un poco crepuscular.

Frente al ambiente reflexivo, veo 'La tripulación' como una canción rabiosa. Diría que hasta política.

—Sí, alude al entorno, a la gente en quien confías. Si sientes que no se puede hacer nada para cambiar las cosas, te confías y proteges con ellos, con la familia y amigos. Sería como hacer una especie de ejército o guerrilla. Cambiar el mundo empieza por hacerlo en tu entorno; es la única manera de protegernos de los hijos de puta que ostentan el poder.

Tras el disco sobre poemas de Montero, pone música a otro de Kirmen Uribe.

—Solo aparece en el formato físico, en el vinilo y el CD. Es una tontería, una pieza escondida para dar algo más a quien hace el esfuerzo y va a la tienda a comprar un disco. Somos la última generación de coleccionistas. Es como un premio.

¿Qué le atrae de Uribe?

He leído Bilbao–Nueva York–Bilbao y también sus dos poemarios últimos. Me encantan. Kirmen tiene una sensibilidad extraordinaria. Grabar su poema surgió de casualidad, con el disco ya acabado. Me quedé a solas con Toni Brunet, el productor, y me recordó que la había tocado en un par de recitales que di con Kirmen.

¿Ganas de carretera? ¿Irá con la misma 'tripulación' que grabó el disco?

—Con los mismos músicos, sí, excepto un cambio en teclados. Empezaremos el 19 de noviembre en Cádiz y actuaremos en Donostia, en el Victoria Eugenia, el 26 de diciembre.

"Cambiar el mundo empieza por tu entorno, la única forma de protegernos de los hijos de puta que ostentan el poder"

"El estar escrito [el disco]

en mi vieja furgoneta aparcada frente a casa

ha hecho que tienda más

a la contemplación"


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