Música

Energético Beethoven

16.02.2022 | 00:32

euskadiko orkestra

Dirección: Mei-Ann Chen. Soprano: Charistina Kaletska. Piano: Varvara. Programa: Joël Mérah (Baiona 1969): Jakinduriaren usaina, para soprano y orquesta. Concierto número tres para piano y orquesta de Bartok. Sinfonía nº 7 de Beethoven. Programación: Ciclo de la orquesta. Lugar: Sala principal del Baluarte. Fecha: 10 de febrero de 2020. Público: Lleno (de 10 a 35 euros).

Mei-Ann Chen, la directora invitada para el concierto que nos ocupa, desarrolla durante toda la velada, una gestualidad cercana al kárate. Marca todo con energía, y no sólo con amplitud de brazos, sino con todo el cuerpo, que acentúa sus órdenes, para que no haya duda de sus cortes, sus contrastes fuerte – piano, su imposición de tempo y regulación, su manera, clara eso sí, de llevar las cosas. Por ejemplo, en la séptima sinfonía de Beethoven, que cerraba la velada, y que llegó a extremos, de tempo, olímpicos. Todo ese brío, más exacerbado en Beethoven, se trasmite al público, que, sin reparar, quizás, en que tanto ímpetu, a veces, descalabra un poco el tempo, se empapa de esa energía, y se adhiere, con entusiasmo, a la propuesta, aplaudiéndola a rabiar.

Para empezar el concierto, volvimos a imbuirnos en el proyecto Elcano, una historia musical del descubridor que se nos va entregando por fascículos. Jakinduriaren usaina de Joël Mérah, nos muestra un capítulo pacífico de los protagonistas; según sus propias palabras: "la sensación de paz al navegar por el Pacífico". Bien. Efectivamente la música fluye bastante quieta y con una sensación de leve ondulación. Es muy acertado meter la voz solista, con un texto más bien trascendente, que va de un lirismo un tanto impresionista, –con preciosos agudos vocales en matiz piano–, a un enfático recitativo, muy bien fraseado y dicho con convicción por la soprano Christina Daletska. Es la parte vocal algo ingrata, sobre todo al principio, en su lucha por sobrevivir a la orquesta, pero luego, todo se atempera y la cantante, –también con bellos momentos de arpa–, queda como protagonista. Una leve percusión al metal centelleante, que se apaga, apunta ese matiz de lejanía.

Varvara, la pianista del concierto de Bartok, hace una buena versión: pulsación rotunda, pero comedida, austera, yendo a lo fundamental, sin querer presumir de un virtuosismo que este concierto no tiene: es el primer movimiento; unos profundos y claros acordes que lo llenan todo. Una cuerda sosegada y hermosa prepara la entrada del piano en el segundo tiempo, que asume primorosamente, esa atmósfera casi religiosa, que le han preparado. Un breve pasaje muy bien punteado, y humorístico, se entretiene en la zona aguda del teclado. El último movimiento, –más disperso–, Varvara lo soluciona, de nuevo, con extrema claridad; por más que el ritmo de danza chispee en algún tramo, todo se entrecorta por episodios fugados, y sin clara melodía. Asoma el virtuosismo, bien resuelto. La directora acierta con el tempo, no ha metido prisa y todo se ha escuchado muy bien. De propina: La trucha de Schubert / Liszt: bella y refrescante propina.

La señora Chen, en la séptima sinfonía, parece proponernos un Beethoven grandioso, a través de una sonoridad penetrante, y tranquila, por la intensidad cordal, –cinco contrabajos–. Y, así comienza, volviendo, un poco, a las versiones más románticas. Pero, enseguida, a la directora taiwanesa-americana, le entra un nervio acelerado, un azogue, que decimos aquí, que nos va a llevar a una versión electrizante, culminando en ese último movimiento en el que, a mi juicio, no hace falta correr tanto, y, sobre todo, hay que dosificar algo más el crescendo, porque el último peldaño de la progresión acentuada –muy bien acentuada por los profesores de la orquesta–, ya no admite más volumen e intensidad. Pero, bueno, se consiguió ese delicioso estrés que provoca que el público, casi se levante del asiento a aplaudir.

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