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Tres jóvenes en busca de su lugar en el mundo

Hiba, Bachir y Manan son tres jóvenes migrantes que llegaron solos a Navarra siendo menores. El pamplonés Luis Arrieta estrena el viernes ‘Sustraiak’, documental que parte de la escalada como actividad que les proporcionó un sentido de pertenencia y cosió, siquiera un poco, sus sueños rotos.

Tres jóvenes en busca de su lugar en el mundoOskar Montero

Tras casi dos años de trabajo y un primer premio en elMendi Film Festival, Luis Arrieta Etxeberria (Pamplona, 1983) tiene nervios, pero sobre todo ganas de entregar al público su nueva película, Sustraiak. Raíces perdidas. El estrenotendrá lugar este viernes, 16 de enero, en Golem Yamaguchi. También en Golem Alhóndiga, Bilbao; en Legazpi (Gipuzkoa) y en otras ciudades, con Madrid entre ellas. Eso sí, antes, este jueves 15, Golem Baiona acogerá, a las 19.30 horas, una sesión especial a título de preestreno de un documental que narra una historia de humanidad y empatía y que pretende “cambiar la mirada” de la ciudadanía hacia los menores migrantes que, tras sobrevivir a un periplo aterrador, llegan a Europa colmados de unas ilusiones que pronto chocan contra una realidad que les devuelve “soledad, sueños rotos y desesperanza”.

Arrieta, que logró una importante respuesta con su ópera prima, Mendiak 1976, vuelve a utilizar la montaña para contar una historia de vida. Tres, en este caso. Las de Hiba, Bachir y Manan, dos jóvenes deMarruecosy uno de Ghana que llegaron a Pamplona hace unos años cuando eran menores y pasaron –y pasan aun hoy– por situaciones muy complicadas de desarraigo, desamparo, pobreza, discriminación y falta de referentes, cuando en realidad “son promesas de futuro”. Todo, en una etapa, la del paso de la juventud a la edad adulta, en la que lo habitual a este lado del mundo es contar con el abrigo de la familia, los amigos y demás entorno.

Hiba, con sus padres y su hermana en Marruecos.

“Es más, hace poco leí en un estudio que la edad media de emancipación en Navarra son los 28 años”, afirma este documentalista que también es montañero y usó su pasión por la escaladapara generar un vínculo con los protagonistas. “Siempre he colaborado con organizaciones sociales y siempre he creído en hacer un cine de montaña que le interese también a personas a las que no les guste la montaña”, dice. Por eso siempre busca contar historias “humanas” que sucedan en este contexto, “que es del que vengo”. Así, si enMendiak 1976 abordó cuestiones como la amistad y la pérdida, con Sustraiak, y habida cuenta de “la cantidad mensajes, discursos y noticias” populistas de formaciones sociales y políticas a las que les interesa señalarles como el enemigo público número uno, quería dirigir el foco hacia los jóvenes migrantes. Más que nada porque hablamos de ellos, pero no con ellos.

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Aproximación y escalada

Antes de plantearse hacer una película sobre este tema, Arrieta promovió otras iniciativas. Una de ellas fue un intento de acercamiento entre chavales de El Bullicio, con estos menores, “pero acudieron muy pocos jóvenes de la peña”. Sin embargo, aquel encuentro no fue un fracaso total, ya que en él supo de la mentoría de escalada que desde el colectivo Kideak hacían en Rocópolis con chicos y chicas migrantes. “Hablé con ellos y me enteré de que iban a escalar un día por semana y les pregunté si podía unirme a ellos, primero sin cámara, para ir sacándola poco a poco”. Lo curioso fue que grabarles no fue en absoluto difícil. “Ahora ya tenían entre 19 y 21 años, por lo que eran mayores de edad”, y, como cualquier persona de su edad, están enganchados a Tik Tok e Instagram, de modo que “filmarles no fue incómodo”. Lo que sí costó fue conocer sus vidas antes de empezar a hacerles preguntas.

LA PELÍCULA

  • Título. 'Sustraiak. Raíces perdidas (Una historia de escalada libre)'. 
  • Director. Luis Arrieta Etxeberria. 
  • Redacción y entrevistas. Daniel Burgui Eguzkiza.
  • Director de fotografía. Jesús Iriarte Salinas.
  • Música. Gorka Pastor Yerro.
  • Productora ejecutiva. Elena Okariz Oroz.
  • Productora. La Docfilms (Pamplona).

En este sentido, el documental fue construyéndose en dos capas. La primera consistió sobre todo en grabarles escalando en distintas localizaciones como el rocódromo de Berrioplano, Etxauri y otras paredes cercanas, así como en el Pirineo. “Pero en los viajes a esos sitios, me iban contando cosas que me parecían increíbles”, imprimiendo algunas de sus frases en la mente del director. La clave la sacó de un comentario. “Me dijeron que hasta que llegaron aquí no sabían que la escalada era un deporte, porque ellos estaban acostumbrados a entrenar para saltar las vallas de Nador, en el norte de Tánger, para colarse en el puerto y tratar de meterse en camiones con rumbo a Europa”.

También le sirvió de guía la frase en la que Hiba, una judoca de élite que llegó a Tudela a los 16 años escapando de los abusos del entrenador de la selección marroquí, le dijo que lo que más le atraía de la escalada es que “fijaba un punto arriba y luchaba por alcanzarlo”. “Me dijo que ojalá su vida también fuera así, y eso es algo común a todos los chicos y chicas que salen en el documental, esa pérdida de la esperanza. Cuando se produce ese choque entre las ideas que tenían de Occidente y la realidad, dejan de soñar”, lamenta Arrieta. 

Bachir, entre otros, en el Pirineo.

Sin documentación, la vida se complica

Algunas de las situaciones que los protagonistas relatan en la película son terribles, como la muerte del padre de Manan durante el trayecto en patera de Libia a Italia y que le dejó solo con 15 años, pero el realizador ha querido mostrar un recorrido finalmente luminoso.

“Cuando empecé a grabar con ellos, ninguno de los tres tenía los papeles en regla, y nos dimos cuenta de que teníamos que tener cuidado para que lo que contáramos no les afectara en la consecución de futuros permisos”. Por eso fue “bonito” grabar el momento en que Rocópolis le hizo un contrato a Hiba que le permitió viajar a Marruecos a ver a su padre, enfermo de cáncer, y al resto de su familia, cinco años después de su marcha. Y mostrar cómo la comunidad escaladora “se ha convertido en su tribu, dándoles a todos un sentido de pertenencia” e impulso para salir adelante.

“No hay que olvidar que muchos de los chicos que salen en el documental vivían hasta hace poco en los invernaderos de Aranzadi o en Jaso, y algunos hoy residen en albergues para personas sin hogar. La exclusión social les convierte en muy vulnerables”. Quizá por eso resultan especialmente emotivas las palabras de la madre de Hiba cuando se dirige a las familias europeas y les recuerda “la suerte que tienen de poder vivir con sus hijos” y les pide que echen una mano a estos jóvenes que, como Bachir, se embarcaron el día de su 17 cumpleaños, en busca de una vida mejor, de un lugar en el mundo.

Manam perdió a su padre en su travesía hacia Italia, adonde llegó, solo, con 15 años.

A Luis Arrieta le gustaría que Sustraiak haya contribuido a mejorar la vida de sus protagonistas y que sirva para que el público reflexione, “cambie el modo en que solemos mirar a estos jóvenes migrantes” y “les acompañe en su integración en nuestra sociedad".