En plena crisis del pensamiento político, cuando ya nadie mira con mimo a la cultura y ya no está de moda ser humanista, Beatriz Jaén (Madrid, 1988) propone una relectura de Memorias de Adriano, una novela de Margueritte Yourcenar, que relata, en primera persona, la vida del emperador hasta el momento de antes de su muerte y que se presentará mañana a las 20.00 horas en el Teatro Gayarre, un lugar ya conocido por la directora de escena. Durante la representación, se verá un juego entre el pasado –allá por el siglo II d.C– y el presente. Porque “la distancia de los siglos puede reducirse a nuestro antojo” y, en esta ocasión, todo cuanto acontezca sobre el escenario reflejará no solo esa atemporalidad, también dejará entrever que todavía queda una esperanza para volver a pensar –y “pensarnos”– de una manera crítica, abierta y libre. Porque el teatro todo lo puede y solo queda esperar a que también lo haga el mundo.
Después de varios años como ayudande de dirección de Alfredo Sanzol vuelve a su casa, al Teatro Gayarre, pero esta vez con una obra propia. ¿Cómo lo está afrontando?
He trabajado con Alfredo durante diez años y hemos hecho muchos montajes juntos. Regresar –no como ayudante de dirección, sino como directora de escena– me hace mucha ilusión y me hace pensar y darme cuenta de lo que ha pasado en estos últimos años, que ha sido mucho. He tenido la suerte de dirigir textos impresionantes. En especial, Memorias de Adriano, una novela que resulta esencial para cualquier espíritu creativo. Se trata de una obra muy conocida y eso conlleva mucha presión, pero también mucha ilusión. He tenido que hacer un pacto conmigo misma para que este proyecto no me coma, siempre desde la humildad, el trabajo diario y la perseverancia. Y, al final, todo se revela y sale adelante.
Qué curioso que hable de ese pacto consigo misma porque, precisamente, es uno de los temas en los que más hincapié hace en la obra...
Sí. Cuando hablé con Lluis sobre la obra, me pidió realizar una lectura contemporánea. En ese momento, lo que más me interesaba de la novela era esa intimidad que Yourcenar consigue crear entre el emperador y el lector. Traído a nuestros días, me imaginaba esa misma initimidad pero rodeada de asesores en un despacho presidencial de hoy donde hasta la intimidad está ficcionada. De ahí surge esa reflexión sobre la ficción del poder y el poder de la ficción. Ese doble juego –a través de pactos, convenciones y protocolos– tiene que ver con la imagen, con cómo los presidentes quieren dejar huella y transmitir su legado. Quería que se viese cómo se construye el relato ficcional de la política.
También pone el foco en un Adriano solitario, al que le inquieta la compañía, ¿cuándo puede un dirigente descansar de su careta o, más bien, de su relato?
El espectador también tiene que hacer un pacto, como hacemos en la vida real, que es saber que los líderes tienen algo ficcional que quieren construir. Nosotros sabemos que detrás hay ficción. Y lo que nos queda es tratar de entrever las verdades y la esencia de un político, pero es muy difícil porque tratan de controlar su discurso. Creo que, a lo mejor, cuando ya vas a dejar el poder –cuando te despides de él–, como le pasa a Adriano en esas memorias, es cuando puedes ser un poco más tú. Porque se abre un espacio para reconocer los momentos más luminosos de un mandato y los momentos más oscuros.
¿Qué cambia en la forma de ejercer el poder cuando hay un final inmediato en lugar de un futuro?
Mirar a la muerte de frente hace que Adriano pueda ser más sincero y perder el miedo a la apariencia. Aun así, la obra también reconoce que siempre queda algo del político que quiere controlar el relato de su mandato y salvarse, incluso en este momento de sinceridad en el que Adriano se está despidiendo del poder y de la vida”.incluso en ese momento álgido de sinceridad.
¿Hasta qué punto el espectador es cómplice o se mira a sí mismo a través de Adriano?
Las dos cosas. Al principio eres cómplice de sus confesiones y después te acabas sintiendo reflejado. Cuando el relato se vuelve más humano es cuando más nos toca. La aparición del cuerpo y de la danza en todo el pasaje de Antinoo y su historia de amor con el emperador, permite que el espectador se implique desde la piel y no solo desde lo racional.
¿Cómo diría que dialoga Adriano, 19 siglos después, con los líderes contemporáneos?
Hay una frase de Adriano que dice que “he mentido allí lo menos posible; de todas maneras, el interés público y la decencia me forzaron a reajustar ciertos hechos”. No siempre es fácil saber cuándo nos dicen la verdad o nos mienten. Pero qué importante es que la verdad prevalezca. En ese sentido, yo diría que Adriano es una figura controvertida porque tiene luces y sombras –es un guerrero con afán de poder, pero es el emperador de la paz–, también era un hombre sensible, enamorado, con mucho interés por la cultura y la literatura... Ese juego de luces y sombras nos puede recordar a cualquier político de hoy en día, que me imagino que también las tendrán. Pero ahora los líderes son muy poco humanistas. Las personas tenemos sed de políticos que luchen por la cultura y el pensamiento crítico. Y yo creo que la obra nos invita a reflexionar sobre quienes ocupan el poder.
¿Y cree que como sociedad nos hemos olvidado de ese humanismo?
Es difícil no olvidarlo con los líderes que tenemos y con este turbocapitalismo salvaje. Se están cuestionando derechos fundamentales y se ha perdido el consenso. Eso da miedo.
¿Puede un líder sobrevivir sin relato o acaba desapareciendo cuando deja de narrarse?
Todo líder lucha por construir su relato. El problema es cuando ese relato está por encima de lo que necesita la sociedad. Lo estamos viendo en figuras egocéntricas, como Donald Trump, que quiere que su relato prevalezca o perdure por encima de lo que realmente necesita el mundo. El verdadero problema es cuando nos utilizan para construir su propio relato, porque no piensan en cuál es el relato que necesita la sociedad, sino en sí mismos y en los intereses de una economía neoliberal que solo beneficia a los que más tienen.
Por otro lado, su propuesta escénica evita ser un espectáculo puramente narrativo, ¿qué puede hacer la puesta en escena que la palabra sola no?
Me interesa trabajar con el espacio, con los cuerpos, con las imágenes. Y me gusta ese viaje de ida y vuelta entre el Imperio Romano, donde se sitúa la acción del emperador, con la actualidad, que es donde se refleja la figura del presidente. Por eso, en la puesta en escena, más allá de una narración, hay una propuesta de imágenes y vínculos que creamos con los cinco asesores que rodean al líder en ese despacho presidencial, De una manera muy porosa los asesores se transforman en los personajes del propio relato es un juego donde las idas y las venidas son constantes, pues todo está en la cabeza del emperador que hace memoria. Y también me gusta ver al emperador vivir en presente todo aquello que cuenta. Que no sea solo narrarlo, sino vivenciarlo. Es mi apuesta. Quiero creer que ese diálogo continuo es el que mejor refleja y vertebra la historia de Adriano.
El pensamiento también es motor de acción. ¿Diría que pensar actúa como un gesto de rebeldía en la actualidad?
Justo. Es muy transgresora la idea de darle al pensamiento un espacio escénico. Es una obra muy reflexiva en la que se nos cuenta cosas que tienen que ver con maneras de gobernar y tomas de decisiones, por lo que podría ser aburrida, pero da gusto ver a un líder político reflexionar y contarte todo lo que está rondando su cabeza a la hora de tomar decisiones. Está plagado de acción y es un acto de rebeldía porque se está poniendo en el centro el pensamiento crítico y el discurso de un pensador. Por eso, me gustaría que la gente salga pensando que a lo mejor hay una manera distinta de hacer política donde se dé espacio a desarrollar discursos. Que no se haga política a golpe de tuit, sino que entendamos que se necesita tiempo para pensar, dialogar, escucharnos.