La historia de Iruña alegra, pero duele. Porque sus escenarios cambian, el tiempo pasa y se reconoce cuando ya no es la misma. También emociona porque en sus calles todavía habitan unas cuantas anécdotas que se contaron a retazos o que resisten a desaparecer. Y cada vez que reaparecen, lo hacen con el objetivo de regresar, de ser presentes. O de ser libres.
“No, no quería libertad. Solo una salida, a la derecha, a la izquierda, a donde fuera. No pedía más”, expresó Franz Kafka en Un informe para una academia para imaginarse a un chimpancé que se transformó en humano. Tal y como, de alguna manera, le ocurrió al mono Txarli de la Taconera.
Se trata de un personaje que la compañía Monodrama Teatro –con Ángel Sangüés, Garazi San Martin e Itsaso Etxeberria– ha recuperado, en su obra Iruña 2.0, que se estrena hoy y mañana en la Escuela Navarra de Teatro, para liberarle de aquella jaula del pasado y homenajear, a través del teatro, todos los años que cuentan lo que fue, ha sido y es esta ciudad.
En escena, se ve a un Txarli que comienza siendo un animal y que, al igual que el chimpancé de Kafka, va adquiriendo una identidad humana –Caravi-Carava–, que también hace alusión al cabezudo Caravinagre, un hito del folclore de la ciudad–, que será entrevistada por una periodista, algo ingenua, a la que el mono le pedirá que le acompañe durante sus aventuras. Y ambos observan la historia de Iruña en los últimos veinte años.
“¿Cómo te quedarías si te toca entrevistar a un mono que, de pronto, se pone a hablar y te invita a participar de su surrealismo? Es una idea bastante loca, también arriesgada, pero que funciona porque la línea de acción ya está construida”, explica Sangüés, director de la obra.
Un ‘leitmotiv’ como homenaje
Y todo comenzó después de que Garazi e Itsaso realizaran una residencia en la Escuela Navarra de Teatro. “Llevamos un año queriendo hablar acerca de hechos históricos que nos configuran, pero no encontrábamos el punto de unión. Y Ángel nos habló de este mono para utilizarlo como un leitmotiv que nos guiara en esos hechos de los últimos 25 años, que es la temporalidad que tenemos en común”, añade Itsaso.
Se trata de un personaje que, a través de sus ojos, narra algunos de los momentos más conocidos de la historia reciente de Iruña, como el desalojo del Euskal Jai Gaztetxea, el asesinato de Nagore Laffage, el asesinato de Ángel Berrueta, el caso de La Manada… o, incluso, la vida de este mono.
“De alguna manera, también lo trabajamos un poco desde nuestras entrañas. Cómo vivimos aquellos hechos, dónde teníamos la cabeza… Nos acompañamos con audiovisuales de personas que vivieron aquellos momentos en primera persona”, apunta Garazi.
Es decir, la obra refleja la evolución de la ciudad durante los últimos 25 años, como una especie de homenaje a la memoria colectiva. Aunque con una pauta clara, marcada por los valores e intereses de Itsaso y Garazi. “Ellas determinaron cuáles son las resonancias que han quedado de esa Pamplona porque tienen mucha fuerza en cuestiones de género y feminismo. Se puede poner el acento en otra parte y te saldría otra Iruña 2.0, pero esta obra es la de ellas”, asegura Ángel.
Sin embargo, más allá de esas reminiscencias individuales, la obra se propone como un ejercicio de “reconstrucción de memoria colectiva. Cada uno lo recibe de una manera porque se vinculan y emocionan por un caso en concreto. Lo bonito es que hay tantas personas como maneras de vivir Iruña”, sostiene Itsaso.
Momentos que se proyectan hacia lo universal
Asimismo, pese a que se trata de hechos “muy concretos” de la ciudad, también es posible extrapolarlos a cualquier otro lugar, de manera que esa identidad se puede proyectar hacia lo universal. “Esto va de justicia, de condición humana, de libertad, de feminismo, de evolución… Va de todas nosotras”, defiende Garazi.
En ese sentido, para Ángel, el mérito de esta obra reside en que la propuesta nada entre algo que es muy “familiar” –como lo es la propia Pamplona y las experiencias que todos y todas han vivido– con el surrealismo de la sinopsis: “Txarli habla y mira a Pamplona desde su experiencia. El reto es que la gente salga del montaje pensando que es una fantasía, pero a la vez algo muy cercano. Que lo vivan como algo propio, pero en un contexto que se pueda sobredimensionar y proyectar hacia lo universal”.
Así, Iruña 2.0 no pretende dar respuestas ni clausurar heridas, sino abrirlas con cuidado para mirarlas juntas. Como Txarli, la ciudad sigue aprendiendo a hablar después de haber observado en silencio, buscando no tanto la libertad como una salida posible: a la derecha, a la izquierda, a donde haga falta.
El teatro se convierte entonces en jaula abierta y en espejo, en un lugar donde la memoria se mueve, se incomoda y respira. Porque quizá recordar no sea volver atrás, sino aceptar que algunas historias regresan no para quedarse, sino para no desaparecer del todo.