El siglo XX, un "caos" de elementos "fragmentados" que dialogan
La escritora Mireya Hernández deambula por “el caos” de lo ordinario dentro del marco de Conversaciones Literarias, que ha tenido lugar esta tarde en la Biblioteca de Navarra
La historia suele escribirse con vocación de orden. Fechas, nombres, causas y consecuencias alineadas para ofrecer una ilusión de sentido. O, al menos, ese es el objetivo que anduvo persiguiendo la sociedad durante siglos. Sin embargo, frente a ese impulso clasificatorio, se sitúa la escritura de Mireya Hernández (filóloga inglesa y periodista), que esta tarde participó en el ciclo Conversaciones Literarias del Ateneo Navarro, en la Biblioteca de Navarra, para dialogar con Roberto Valencia, moderador del evento, en torno a su libroVeo el mundo como una gran sinfonía (editorial Pepitas de calabaza). Y, también, para encontrar las virtudes y maravillas de un mundo fragmentado.
El texto, tal y como describió Valencia, se encuentra “a medio camino entre la novela, el ensayo y la crónica” y recorre el siglo XX —tan “narrado y analizado” desde la Segunda Revolución Industrial hasta la revolución digital que se está imponiendo en el mundo actual— sin obedecer a un itinerario lineal. No hay aquí voluntad de relato total ni de síntesis histórica. “Quería contar historias más pequeñas usando como telón de fondo la historia en mayúscula”, explicó Hernández, “historias que estaban pasando en el mundo mientras sucedían los grandes acontecimientos”.
Valencia planteó la paradoja desde el inicio de que, pese a lo trabajado que se encuentra el siglo XX, la autora –de forma intrépida– decide volver a introducirse en sus personajes y episodios, tanto conocidos como desconocidos. Aunque, desde perspectivas distintas, que se aleja de lo relatado en los libros de historia. Porque, para Hernández, la esencia no está en lo conocido, sino en la relectura, en lo lejano, en “el fondo de la fotografía”.
De hecho, la autora confesó haber descubierto que su mirada se detenía “en los huecos que deja la historia, el fondo de la foto, lo que no se cuenta en los libros”. Ahí sitúa su escritura: en los “intersticios”, en lo que pasa desapercibido. En ese sentido, uno de los ejemplos más claros es el del astronauta ruso Yuri Gagarin. “Lo que cuento es qué pasa cuando Gagarin baja de estar orbitando”, señaló. Es decir, no se trata del mito del primer hombre en el espacio, sino su regreso a la tierra, a un campo de patatas, a un paisaje rural que lo conecta con su infancia. “Me interesan los desvíos de lo impuesto y lo pensado, porque lo demás es muy aburrido”, afirmó, reivindicando también el papel del azar frente al relato épico.
De esta forma, en Veo el mundo como una gran sinfonía aparecen figuras como Einstein, Gómez de la Serna o Dalí, pero no desde la acumulación de logros o la construcción del genio. “No me interesa el personaje wikipédico”, aclaró. “Quiero que los personajes sean una excusa para hablar de otras cosas”. Mostrar a la persona y no al icono, hacer convivir en la misma página lo ordinario y lo infraordinario, contar –en última instancia– historias de seres humanos.
Los cristales rotos del mundo
El siglo XX, apuntó, ofrece una materia especialmente densa para este tipo de escritura. “Es un siglo tremendo”, atravesado por la violencia y la destrucción, pero también por una confluencia decisiva entre el avance técnico y el pensamiento. “Es como si alguien le hubiera pegado una pedrada al mundo, al cristal, y hubiera explotado”, dijo, aludiendo a la coincidencia de motivos políticos, sociales, bélicos, científicos y culturales.
En ese contexto, el arte y la literatura ya no pueden seguir funcionando como antes. La fragmentación, en este sentido, no es solo una forma, sino una consecuencia. “La historia no se puede entender desde un solo punto”, defendió. “Está hecha de acontecimientos que se superponen, de mucha simultaneidad”. De ahí la mezcla de tiempos, procedencias y voces, los saltos constantes que estructuran el libro. “Creo que así es como funciona la memoria”, añadió, recordando a Josep Pla: “La vida es una segregación caótica de imágenes, y con la historia intentamos ordenar ese caos”. Su propuesta, reconoció, consiste en dinamitar ese orden.
Asimismo, cuando Valencia preguntó por el sentido último de ese cúmulo de relatos, Hernández fue clara: “Intención no tiene”. Solo al terminar el libro, explicó, se dio cuenta de que “todo está conectado” y de que los hechos y las ideas “se retroalimentan”, como en un juego de espejos. El siglo XX, dijo, encarna esa ruptura con el mundo anterior y ese intento –a veces fallido– de cortar con el pasado.
“¿Somos hijos del fragmento?”
Ante la pregunta realizada por Valencia, Hernández admitió que quizá podría construirse un relato lineal, pero “hay más incertidumbre, faltan certezas”. Y, sin embargo, nos resistimos. “Lo que da placer al ser humano es lo lineal”, reconoció. Buscamos sentido, orden, una narración cerrada. Frente a esa pulsión, su escritura reivindica la duda: “La duda es muy sana y te hace crecer. Yo dudo, hago preguntas al que lee y dudo de mi propia duda”.
Algunos textos del libro, explicó, funcionan como “muñecas rusas”, encajando unos dentro de otros. Ese caos, lejos de inquietarla, la tranquiliza. Narrar desde los márgenes, desde lo que no encaja del todo, es su forma de aproximarse a la realidad. Porque, como quedó claro en la Biblioteca de Navarra, quizá la historia no esté tanto en el centro del relato como en aquello que quedó fuera de plano.