En algún lugar imposible, entre el hombre sin sombra y el doppelgänger alemán, se mueve, algo cansado y obsesivamente cansino, Pedro Almodóvar. Así lo confirma esta Amarga Navidad que hace su vigésimo cuarta entrega en una carrera que se diría prolífica y exitosa. Al menos por lo que respecta a la repercusión mediática que siempre convoca. Resulta paradójico que cada nuevo estreno de una película de Almodóvar, sea recibido con honores de evento extraordinario cuando lo cotidiano y lo ordinario, desde hace ya muchas películas, es que éstas poco aporten y pronto se olviden.

En Amarga Navidad Almodóvar da un recital de su hipocondría y de su irreprimida tendencia a la afectación. Aunque la trama argumental sea archiconocida, bueno será recordar que se trata de la historia de un director de cine que escribe un guion sobre una directora de cine que a su vez escribe otro guion... Así, entre el presente, el 2004 y un tiempo sin acotar, asistimos a un desenlace que provoca la sensación de que, en realidad, la película que debería haberse hecho es la que en sus últimos minutos comienza. La que está por llegar. Extraña sensación que nos hace salir de la sala con la duda de que si, en realidad, Pedro Almodóvar, a través de sus diferentes alter egos, llega a la conclusión de que debería haber hecho otra película, ¿para qué cuenta lo que nos cuenta en ésta?

Amarga Navidad

Dirección y guion: Pedro Almodóvar. Intérpretes: Bárbara Lennie, Leonardo Sbaraglia, Aitana Sánchez-Gijón, Patrick Criado y Victoria Luengo.

País: España. 2026.

Duración: 111 minutos.

El caso es que la estrategia argumental nos aboca a una libre perversión del llamado efecto Dostre, técnica cuyo origen se remonta a hace siglos, pero que quienes crecieron con el rock progresivo siempre asociarán a la portada del Ummagumma de Pink Floyd. Los franceses, siempre tan metafóricos, siempre tan evanescentes, se refieren a ella con la expresión mise en abîme, o sea, puesta en infinito, o más sugerente todavía, puesta en el abismo. Eso, asomarse al precipicio existencial, es lo que aquí hace Pedro Almodóvar.

Como además se da la circunstancia de que el director de cine, representado por Leonardo Sbaraglia, reproduce los gestos y tics –Pedro Almodóvar marca a los actores que le representan a su imagen y semejanza–, se diría que Amarga Navidad fusiona lo real con la ficción. Sin embargo, cabe sospechar que se trata de un juego de confesiones y simulacros que busca legitimar una puesta en escena que se presenta como sincera. Pero ¿lo es?

En sus formas, eso aparenta; en sus entrañas, solo los muy cercanos al director manchego podrían corroborar la verdad o la mentira de lo que aquí se cuenta. Independientemente de ello, en esta película que comienza titulándose Amarga Navidad para cambiar en los bellos créditos finales por Dulce Elsa, se reiteran algunas de las señas de identidad que le son propias al cine de Almodóvar. Así, la presencia de médicos, hospitales, hipocondrías y pastillas, atraviesa el filme siempre bajo el subrayado de la hipérbole. En la sensibilidad de Pedro, una migraña se convierte en la madre de todas las migrañas y un recurso argumental de un intento de suicidio –solo en España se producen 80.000 al año– representa la chispa que provoca un tenso conflicto por referencias indiscretas entre el director y su mano derecha.

Por ese lado, el guion se resquebraja. Esos arrebatos corroen la autenticidad del relato y proyectan sombras sobre su veracidad. Lo mismo acontece con momentos musicales como el de Amaia interpretando Las simples cosas de Chavela Vargas, figura talismán del pasado de Almodóvar. O con presencias gratuitas como la de Rossy de Palma y su fiesta en una mansión de alto diseño y baja credibilidad. Demasiadas trampas se hace a sí mismo un cineasta septuagenario y artificial, tan lleno de tics y de manías, que se ha convertido en el trampantojo de un divo crepuscular.

No obstante, la buena noticia de Amarga Navidad la aporta el hecho de que, al hurgar en sus propios fantasmas, la película aporta más emoción y vida que sus últimas empresas. Aquí la muerte por venir se centra en la decadencia del artista y en la hora de su ocaso creativo; en la pérdida de la pasión y la curiosidad. Y por ahí, una vez más, las actrices, con Barbara Lennie a la cabeza, salvan una introspección demasiado autocomplaciente y quizá ¿definitivamente? agotada sobre esas cosas simples a las que el tiempo devora.