Hay señales confusas que no ayudan a entender la naturaleza de este Mi querida señorita titulado igual que el filme de Jaime de Armiñán de 1972. De entrada, su argumento y tratamiento serpentean de la traición al homenaje, de la distancia al guiño, hasta el punto de provocar la pregunta: ¿por qué se titula así? ¿Por qué se muestra una foto de López Vázquez si nada tiene que ver con la nueva historia? O ¿por qué en su secuencia final aparece Julieta Serrano en un cierre de círculo que nada sustancial clausura salvo la anécdota de abrazar entre sí a ambos títulos?

Producida por Javier Calvo y Javier Ambrossi (los Javis), y con un guion que pertenece a la escritora Alana S. Portero, la dirección ha recaído en Fernando González Molina, un director navarro que hasta ahora se había dedicado al cine de encargo y oficio, ese que no exige autorías ni roces personales, ese que se proclama hijo del público y la industria. Y, sin embargo, «Mi querida señorita» (2026) se descubre como la obra más personal, más íntima y más herida de un cineasta de recursos contrastados y de voz baja.

MI QUERIDA SEÑORITA

Dirección: Fernando González Molina.

Guion: Alana S. Portero.

Intérpretes: Elisabeth Martínez, Anna Castillo, Paco León, Nagore Aranburu, Eneko Sagardoy y Manu Ríos.

País: España. 2026.

Duración: 112 minutos.

Ninguno de los títulos dirigidos por él hasta ahora había dado noticia sobre el imaginario personal y biográfico de González Molina. Curiosamente éste, que nace bajo el disfraz de la obra que puso a José Luis López Vázquez a la altura de Fernán Gómez y Paco Rabal, emite señales de una ignota voluntad de rememoranza y desquite. Por primera vez, González Molina se mancha con lo que cuenta. Ni la trilogía del Baztán, ni Palmeras en la nieve (2015), ni Tengo ganas de ti (2012), ni Tres metros sobre el cielo (2010) y ni mucho menos, Fuga de cerebros (2009), daban noticia de quién era o qué pensaba Fernando González Molina. Esos títulos denotaban, en todo caso, una solvencia gris para resolver con dignidad yerma textos tan triviales y caprichosos como los de Dolores Redondo.

Fernando González Molina nació tres años después de la magistral interpretación de López Vázquez en Mi querida señorita (1972). Es además coetáneo de la protagonista de esta señorita de 2026. Más de medio siglo separa ambas historias, pero las diferencias entre las dos Españas que cada una refleja a su modo, se antojan insalvables. En el caso que ahora nos ocupa, González Molina –un director fundamental para entender el fenómeno de Mario Casas–, dibuja una Pamplona vetusta, grasienta, con olor a sacristía y sabor y saber avinagrados. A Fernando González Molina, la Pamplona de las catequesis de rosarios y reliquias, la de nocheviejas con disfraz y días de granizo y lluvia, o sea la que creyó vivir en su niñez y juventud durante los años 80 y 90, se le aparece como la letra de la canción de los Motos sobre la plaza del Castillo: fría y oscura.

Pero esa Pamplona, o sea el epítome de la sociedad de aquel tiempo, recuerda más a La trastienda (1976) que al Verano Muerto (1989) de Los Bichos de Josetxo Ezponda. Como en la obra de Jorge Grau, aquí resuenan temblores de Opus Dei y timbales de represión sexual; o sea de hipocresía y miedo. La ciudad de la que escapó González Molina para hacerse director, parece hecha de musgo y caspa. Esa ciudad en la que el vía crucis que protagoniza Elisabeth Martínez busca ahondar en la intersexualidad, algo que el pulso entre la censura y la habilidad burlona de Borau se saldó con sordina de elipsis y sobreentendidos, amuebla aquí un espacio contradictorio.

El guion de Portero lanza a la vieja nave construida por Armiñán y Borau contra el esperpento de un sacerdote atravesado por el orgullo gay –indescriptible el papel de Paco León– para encallar en las cadenas de cristal del love story asumido por la citada Elisabeth Martínez y Eneko Sagardoy. El silencio y el misterio que rodea a su protagonista no ofrecen más causas ni responsabilidades que las mordazas del ADN sanguíneo de unos padres tan ausentes como lejanos. O sea, el filme de los Javis no señala a nadie y elude ahondar en los delirios religiosos. Tampoco los diálogos, ingenuamente cinéfilos, resultan consistentes, ni Elisabeth Martínez supera el escalofrío de la estremecedora actuación de López Vázquez.

Así las cosas, la paradoja de esta película hay que buscarla en ese ser o no ser de una revisitación que se proponía ir más lejos que el modelo de partida, para acabar consiguiendo justo lo contrario.