En el corazón del Valle de Ollo, el Museo Etnográfico de Arteta conserva mucho más que una extraordinaria colección de piezas históricas: custodia la memoria material e inmaterial de una forma de vida profundamente vinculada al territorio.
Instalado en la Casa Fantikorena, un baserri del siglo XVII, el museo ofrece un auténtico viaje al pasado a través de una experiencia multisensorial construida desde pequeños fragmentos de vida cotidiana.
Un espacio para habitar la memoria
El conjunto de este museo "adquiere su verdadera dimensión cuando deja de entenderse únicamente como una colección de objetos y comienza a percibirse como un espacio para habitar la memoria”, dice sobre este singular enclave Elur Ulibarrena, hija de Joxe Ulibarrena (1924–2020), el escultor que creó hace más de 40 años este universo en el que el pasado habla en cada objeto, útil y herramienta de forma muy viva.
Un lugar en el que los gruesos muros de piedra, las estancias marcadas por el uso cotidiano y las innumerables herramientas suspendidas conservan su autenticidad y funcionan como elementos evocadores de tiempos pasados.
“El público establece una conexión íntima entre sus propias vivencias y las de sus antepasados, integrándose en un complejo paisaje de memorias superpuestas construido a partir de sus historias cotidianas”, destaca Elur Ulibarrena, a quien le resulta muy difícil elegir una o dos piezas de las cerca de 8.000 que alberga el museo de la sociedad rural preindustrial, agrupadas por oficios.
Cita aun así tres de ellas, una estela del siglo XIII procedente de Jaca, un yunque del siglo XIV procedente de Burgui, y una puerta de concejo, del siglo XV, procedente de Olite, de entre las innumerables piezas que llaman la atención y activan la curiosidad del visitante en su recorrido por las diferentes plantas de Casa Fantikorena.
Cada estancia transmite la sensación de que el tiempo permanece suspendido y de que la rutina diaria podría reanudarse en cualquier instante. Los aromas y sonidos en el ambiente –hollín, naftalina, cencerros– construyen una atmósfera inmersiva junto a herramientas, tejidos o vajillas repletos de huellas recientes.
"Más allá de su valor material, estos objetos hablan, entre otras muchas cosas, de esfuerzo, ingenio, vínculos y transmisión intergeneracional. Del ritmo pausado de una cultura construida desde una relación íntima entre la comunidad y el paisaje", dice Elur.
Gestos, significados, valores culturales
Tal y como lo entendió Joxe Ulibarrena desde los inicios del proyecto, y como lo entiende hoy su hija, "preservar la cultura popular implica conservar gestos, significados y valores culturales, además de objetos".
Con esa visión el escultor navarro creó hace más de 40 años un universo museográfico que es un tributo a nuestros antepasados, con el objetivo de generar un espacio de encuentro y reflexión compartida con las generaciones venideras: un museo vivo.