El fenómeno comenzó hace décadas con las migraciones masivas del campo a la ciudad. Hoy, muchas de aquellas zonas que centenares de familias dejaron atrás languidecen en municipios que no suman más que un puñado de habitantes. Pero, para esas personas, ese es su lugar en el mundo y su manera de resistir es seguir viviendo, trabajando y respirando allí. Lo cotidiano es su declaración de intenciones, tal y como refleja el documental Petrus, de Helena Bengoetxea, una llamada de atención sobre el peligro de despoblación del Valle de Izagaondoa, cuyo estreno está previsto para este viernes, 29 de mayo, en los cines Golem de Pamplona (Baiona) y Madrid, así como en Valencia “y esperemos que en muchos más”.
La película de la directora navarra, su segundo largometraje después de Matrioskas, las niñas de la guerra, tiene varias capas y discurre entre dos tiempos.
El primero, el de Petrus, el maestro cantero que en el siglo XII dejó su firma en varias ermitas del Valle de Izagaondoa, algo excepcional, ya que por entonces no se manifestaba la autoría. El segundo, el actual, donde asistimos al trabajo del experimentado cantero Joseba Lekuona Yaben, que compagina su pasión por la etnografía y la artesanía con sus exposiciones de arte contemporáneo y su elaboración de vajillas escultóricas para restaurantes de lujo como Mugaritz o los de Hélène Darroze en Londres y en París. También para la exclusiva tienda Lukas del hotel María Cristina de Donostia.
Junto a él, otras dos voces hablan desde el momento presente. La de Simeón Hidalgo, profesor jubilado cuyo empeño personal, junto con el de la Asociación Cultural Valle de Izagaondoa, ha servido no solo para crear y mantener el Museo Petrus de Lizarraga, sino que también ha sido el impulsor de la rehabilitación de varias ermitas e iglesias románicas de la zona. Y la de Elsa Plano, alcaldesa del Valle de Izagaondoa, que defiende la pervivencia de los municipios que rige con vehemencia y, como ella misma dice, “con maquillaje, tacones y gloss”.
Precisamente, fue esta última la que convenció a Helena Bengoetxea de convertir en largometraje documental el corto que había hecho con Hidalgo y Lekuona. “La alcaldesa vino a la proyección de la pieza en 2021 y me pareció una persona tan entusiasta que decidimos ampliar”. Y también se ampliaron el resto de historias, claro.
Una historia universal
Y después de estos años de trabajo, llega a salas Petrus, una historia que narra hechos y vivencias de un lugar y unos personajes concretos, pero que puede “conmover” en todo el mundo, dado su carácter universal.
Y es que, de lo que habla esta película es de la labor abnegada y voluntaria de un grupo de personas por conservar y difundir el patrimonio, del amor por los oficios en peligro de extinción que implica respeto hacia el entorno y de la lucha por prolongar la vida en un valle que se vacía.
“A pesar de que está muy cerca de Pamplona, no conocía el valle”, confiesa Bengoetxea, que lamenta que muchas veces “vayamos a los pueblos con ideas preconcebidas y parece que solo nos interese el paisaje”. Más que nada porque “tienen sus problemáticas”, tal y como expresa Elsa Plano en el filme.
La cultura y el negocio del arte
Petrus también refleja unas cuantas contradicciones. Una de ellas se refiere al valor que las instituciones y las personas dan a la cultura y al arte. “Por un lado, tenemos ejemplos de arte románico, tan valorado, y un museo que ni siquiera dispone de esa consideración oficial. Y, por otro, vemos a un artista que hace una vajilla de piedra para un restaurante en el que él no podría comer”, apunta la directora. Y añade: “Parece que en esta sociedad es arte lo que se mercantiliza”.
Y sin embargo, no se aprecia tanto el trabajo de personas como Simeón Hidalgo. “Sabemos que mantener el patrimonio es costoso y que quizá la Administración tiene otras prioridades, pero lo que ha hecho Simeón con el Museo Petrus es épico y, gracias a que durante años ha sido como Pepito Grillo, tenemos restauradas iglesias románicas como San Martín de Guerguitiáin o Vesolla”, ambas joyas del románico rural navarro, agrega Lekuona.
El escultor es consciente de que trabajar reproduciendo capiteles o realizando arte funerario y sus propias piezas de arte para exponer puede parecer contradictorio con su relación comercial con el mundo del lujo. Pero “la beharra”, que decía su padre, manda. “Durante 35 años, me ha tocado hacer casi de todo, incluso he ido a ferias de artesanía de toda Euskal Herria y no he vendido nunca nada”, dice. Hasta que conoció a Joanes Mathiuet, de Basque Luxury, que le ofreció un mercado para poder vender “con dignidad” piezas que le cuesta mucho crear y que normalmente adquieren personas “que saben apreciarlas”.
En cualquier caso, su relación con la piedra es casi simbiótica. “Me ha enseñado mucho. En ese mundo de prisas, el trabajo de cantería te demuestra que hay que respetar todas las fases, porque si no ejecutas bien el primer paso, vas a arrastrar secuelas durante todo el proyecto”. También le ha revelado que, como sucede con las piedras, “no hay dos personas iguales”.