Lo de Carolina Marín siempre nos ha dejado perplejos: de un país con apenas 7.000 licencias de bádminton y nula proyección internacional sale una jugadora que gana tres Mundiales y unos Juegos Olímpicos en un deporte en el que hay casi 400 millones de licencias, 250 de ellos en China. Matemáticamente no hay por dónde cogerlo. Ni la irrupción de Manolo Santana en el tenis o la de Seve Ballesteros en el golf se pueden comparar con el milagro deportivo y estadístico de la onubense quien, claro está, en Asia Oriental es una de las más importantes figuras mundiales del deporte. Es triste que las lesiones te retiren cuando aún estás en la elite –pocas dudas había en los Juegos de París 2024 de que se iba a colgar el oro, cuando se lesionó en semifinales–, pero al menos lo hace con el zurrón lleno de victorias y como icono de los éxitos improbables.
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