Vingegaard invoca a Merckx en el BlockhausGiro de Italia
Entre dos colosos, Felice Gimondi y Jacques Anquetil, campeones superlativos, se coló una anomalía, un esprinter. Un veinteañero belga. Nadie le esperaba en la garganta del tiránico Blockhaus, una montaña pesada, una mole, sólida y densa como un cubo de plomo.
Esa roca apabullante, la agrietó el 31 de mayo de 1967 Eddy Merckx, entonces apenas un velocista, un chiquillo que se estrenó en el Giro con una victoria para siempre. Después, hizo palanca y volteó el ciclismo.
Fue su Epifanía. Nació una leyenda, el Saturno que devoraba a sus hijos, el Caníbal que se alimentó de sus iguales hasta regurgitarlos. Merckx, el mito, se encumbró en el Blockhaus, en el corazón de los Apeninos.
En el mismo escenario, en ese teatro de tragedia griega, de rostros repletos de muecas, de fatiga, de dolor, Jonas Vingegaard emuló a Merckx en el Giro de su estreno.
Su primer laurel en la carrera italiana. Probablemente no sea el último. El danés cinceló su nombre en el frontispicio de una montaña despiadada, implacable, que laminó a todos.
Alzó su puño y horadó la montaña para desenmascarar al resto. Atravesó el ligero Vingegaard, dinamita en las piernas, el muro italiano. Entró en otra dimensión siguiendo la huella que dejó Merckx.
Vingegaard, tras la victoria en el Blockhaus.
El danés puso la primera piedra para construir su primer Giro, para entronizarse en Roma. A la Ciudad Eterna se llega a través de montañas que congelan el tiempo, que empequeñecen a los hombres, apenas hormigas ante la inmensidad.
En la cumbre del Blockhaus, Vingegaard tomó una renta de 13 segundos frente a Felix Gall, maravillosa su ascensión. El austriaco gestionó de fábula una subida agónica, que exigió a Vingegaard hasta el final. El danés es segundo en la general, de la que se desprendió Igor Arrieta, subyugado al poder de la montaña.
Más atrás, en otro plano, Hindley, Pellizzari y O’Connor perdieron un minuto respecto a Vingegaard. Rondel se fue a 1:29. A casi tres minutos se personó Eulálio, que seguirá de rosa, pero con media renta comida de un bocado en el Blockhaus.
"Quería ir por la victoria en el Blockhaus y estoy muy contento por haberla conseguido. Mis compañeros han hecho un trabajo impresionante y me hace feliz haberlo podido rematar y obtener ventajas respecto a los rivales", apuntó Vingegaard.
Giro de Italia
Séptima etapa
1. Jonas Vingegaard (Visma) 6h09:15
2. Felix Gall (Decathlon) a 13’’
3. Jai Hindley (Red Bull) a 1:02
17. Markel Beloki (Education First) a 2:57
33. Igor Arrieta (UAE) a 6:15
General
1. Afonso Eulálio (Bahrain) 24h47:13
2. Jonas Vingegaard (Visma) a 3:17
3. Felix Gall (Decathlon) a 3:34
14. Igor Arrieta (UAE) a 6:11
18. Markel Beloki (Education First) a 6:24
Bernal alcanzó la cumbre en la misma comitiva. Lo mismo que un brillante Markel Beloki. El colombiano y Enric Mas certificaron sus carencias en la alta montaña.
El primer acto por los tejados de la carrera italiana evidenció el favoritismo de Vingegaard y el apunte de Gall, la excepción que confirma la regla.
"Es un gran rival y siempre lo tenemos en consideración", analizó el danés.El resto de sus rivales perdió más de un minuto. El Blockhaus ordenó el Giro en su séptima entrega.
Superado el reto del Blockhaus, atravesada la meta, Vingegaard besó la foto de su familia en el manillar antes de besar su anillo de casado, la pose de sus fotos gloriosas. Poco después, siguiendo con sus costumbres, llamó a casa para hablar con su mujer Trine Hansen. "Sí, he ganado", anunció.
Montaña abrumadora
Pétreo, escultórico, abrumador, el Blockhaus es el primo italiano de Alpe d'Huez, tan similares ambas montañas, garabatos de sufrimiento sobre un bloque de piedra, una altar en el que sacrificarse. Una pirámide de padecimiento. La casa de piedra, en alemán.
Sirvió la montaña de fortificación para repeler a los bandidos y a los cuatreros. Por eso, al coloso de los Abruzzos le bautizaron como la colina de los bandoleros. El ciclismo cataliza esas dos corrientes, la de intentar el asalto de las grandes cumbres y encolarla el espíritu libertario de los bandoleros, tipos que actúan por instinto y cierto romanticismo.
Los tres espíritus libres de la fuga, Sevilla, Van der Lee y Zukowsky acudían con diligencia a una catedral, que en realidad era un muro de las lamentaciones colgando del cielo.
O un infierno brotando de las vísceras de la tierra. Un puñetazo de realidad contra el que estamparse. La sombra del Blockhaus, uno de los rascacielos del Giro, amenazaba.
Los ánimos y las voces de los aficionados servían para amortiguar el dolor en el pórtico. Sonaban campanas de réquiem al encuentro con el Blockhaus, que es la lucha por la supervivencia. Una guerra interior, un asunto íntimo contra la crueldad de una montaña insobornable.
Todo queda al descubierto en un muro de viento y asfalto rugoso que se levanta en los Abruzzos a modo de mesa de autopsias.
Lacónico, quedo, intimidante, el puerto es un pasaje por los rescoldos de ser humano, que reposan sobre un mesa camilla, a la espera de la radiografía de la montaña, que separa al piel y el hueso con un escalpelo afilado. Un bisturí que alcanza el tuétano y abre la cerradura del alma.
Vingegaard, al asalto
Van der Lee y Zukowsky subían con cierta alegría. En el grupo de los aristócratas, empujando el Red Bull de Pellizari, Hindley, su compañero, recordaba su victoria en esa cúpula de piedra años atrás. Los campos magnéticos de la montaña comenzaron a cobrar factura.
Vingegaard pasaba revista desde cierto anonimato, desde un segundo plano. Igor Arrieta, eufórico en Potenza, se diluyó, encadenado por la montaña. Narváez arrió su bandera. El líder, Eulálio, cimbreaba la bici siguiendo el casco rojo de Vingegaard.
El cielo era una masa de nubes, algunas blancas, muchas grises oscuras. Rapada la montaña, casi al cero, a modo de un Ventoux con hierba, el viento acuchillaba de costado. Vingegaard ordenó a sus guardia de corps una vuelta de tuerca.
A cielo abierto, no había refugio en el que guarecerse. Bernal se acurrucó en el padecimiento. Enric Mas tampoco soportó el paso de los lictores del danés, dispuestos a desglosar el Giro, que se retorcía. Islotes aislados.
El líder, a su llegada a meta.
A Zukowsky y Van der Lee les despellejaron cuando restaba media montaña. Un mundo en un universo. Apenas resistían una docena. Kuss tomó el mando para probar el asalto de Vingegaard. Eulálio se sostenía junto a Pellizzari, Hindley, Gall, Arensman, O’Connor.... El viento les movía. Se deshilachó el líder. a solas. Fue la señal. Arreció el viento.
Vingegaard quería volar. Se desató. Solo Pellizzari soportó su apuesta de largo aliento al comienzo. Claudicó un puñado de fotogramas después. Fundido a negro. Jadeaba a unos metros Gall, que se resistió y persiguió con fruición al danés. No pudo alcanzarle.
Estalló como una palomita de maiz el italiano. Se quedó en silencio. El danés, enmascarado el rostro, se quedó a solas con la montaña. Un diálogo interior entre él y el Blockhaus. Una conversación en la intimidad con el Giro. Vingegaard invoca a Merckx en el Blockhaus.