Hay gente a la que le ha dado más asco, muchísimo más asco, conocer la afición por el beso negro que lo otro: la posibilidad de que una humilde veinteañera le haya tenido que lamer el ano a un forradísimo octogenario, porque a este, vaya por dios, le dolía la espalda. Es más, hay peña a quien le resulta muy natural la aplicación de ese extraño remedio entre un jefe y una empleada. Algunos –¡y algunas!– incluso afirman que a la postre la beneficiada ha sido ella, vamos, que en vez de mostrarse rencorosa debería estar encantada de limpiar lo que no estaba en el contrato. Sin duda olvidan los entrantes y arcadas previas.
Es legítimo el debate sobre la veracidad de un titular impactante. Y muy chungo el desacuerdo social sobre los efectos de una acusación antes de la sentencia. Al respecto, claro, podemos seguir discutiendo. Lo detestable es la postura de quienes, aun dando por cierta la noticia, la reducen a gajes del oficio, anécdotas donjuanescas de un célebre paisano. Es tan ciego su sectarismo político y patriotero, tan profundo su clasismo, que donde haya un español rico de los suyos que se quite cualquier pobre dominicana del montón.
Qué es esto, parecen pensar, de que una golfa oportunista se aproveche de un afable vejete, a qué viene ahora que unos plumillas metomentodos manchen la biografía de nuestro mejor galán. Y, lo peor, qué necesidad de airear detalles íntimos tan feos, menuda falta de decoro. Se le llama rimming o anilingus, a ver así suena bien. Y a lo otro, a lo de verdad escandaloso, abuso de poder y agresión sexual. O sea, que mucho menos que un señor, y bastante más que un truhan.