EN 1873, Pamplona y toda Navarra se encontraba sacudida por la Tercera Guerra Carlista. Los sublevados controlaban la práctica totalidad de los territorios vascos, a excepción de las cuatro capitales, y aunque habían fracasado en su intento de tomar Bilbao, sí habían conquistado Estella, que se convertía así en la capital del carlismo. Pamplona se encontraba sitiada por los carlistas, que dominaban los dos Zizures, las dos Mutilvas, Mendillorri, Burlada, Villava, Huarte, Ansoáin, los tres Berrios y el monte Ezkaba-San Cristóbal. Sus posiciones alcanzaban la cuesta de Beloso, y hasta hubo que dejar de enterrar a los muertos en el cementerio de Beritxitos, porque las partidas carlistas lo controlaban y se habían hecho con el carro del enterrador, caballo incluido. Según el cronista Leandro Nagore, en Pamplona faltaba de todo, había sido cortado el suministro de agua de Subiza, y la madera de la plaza de toros se había desguazado para utilizarla como leña. Se vendía a buen precio la carne de burro, y la población comía perros, gatos y hasta ratas. Un desastre, vaya.

La foto muestra una escena de la plaza del Castillo, llamada plaza de la República por aquel entonces, a primera hora de la tarde. Se encuentra ocupada por un buen número de militares, que buscan seguramente el calorcillo del sol en su rato de paseo. La plaza va presidida por la fuente de la Abundancia, con la estatua llamada Mariblanca en alto. Y no era una novata en tal lugar, pues llevaba allí ya 85 años...

HOY EN DÍA, el paisaje urbano de 1873 permanece igual en esencia, aunque, como es lógico, las diferencias surgen en cuanto miramos ambas fotos con atención. Se aprecia a la izquierda el palacio de Diputación, y en el hueco situado entre dicho edificio y Casa Baleztena vemos que el inmueble del Banco de España, levantado en 1922, sustituye al más bajo edificio de la Alhóndiga Municipal, el famoso Descargue, que veíamos en 1873. Los edificios del frente occidental de la plaza permanecen reconocibles en su mayoría, aunque vemos que alguno ha sido reedificado, y se han producido varios recrecimientos en altura, que han tendido a eliminar buhardillas y a igualar los bloques en altura. También vemos que en 1872 muchos de los porches se abrían por huecos adintelados, mientras que hoy en día predominan los arcos de medio punto que caracterizan y dan personalidad a la plaza. Por último, anotamos una vez más la lamentable ausencia de la Mariblanca, destronada de su lugar en 1910, y la presencia del actual kiosco, construido en 1943.

Hoy en día la plaza del Castillo constituye, al igual que en 1873, el cuarto de estar de la ciudad, su lugar más íntimo y personal, y la contemplación de las fotografías del lugar en los siglos XIX y XX emociona a cualquiera que viva su ciudad con pasión. Por eso, ni olvidamos ni perdonamos a quienes la han agredido ni la han intentado desnaturalizar con intervenciones extemporáneas y catetas, como Yolanda Barcina y su salvaje parking subterráneo.