Hay manos que recuerdan mejor que la memoria. Las de Mohamed Amziane Goua, suaves y pacientes, todavía conservan el rumor y el roce del mimbre fresco de aquellas fibras sobrantes del trabajo de su padre con las que trenzó –cuando tenía cuatro añicos en Tizi Ouzou (Argelia)– una funda para su jarabe. Y sin querer, aunque con la conciencia de que formaba parte de su legado familiar, encontró su alma, su oficio y su sueño: que el mundo recuerde que hubo un tiempo en el que el mimbre fue esencial para la vida, tal y como ocurre en su país natal, cuyo labor sostiene la economía de más de 500 familias.
Para conseguir su propósito tuvo que trazar un plan, que comenzaba con un viaje a España, que es el principal exportador de este material vegetal a su país. Además, durante la Edad Media, las comunidades rurales empleaban esta fibra para elaborar recipientes de almacenaje, herramientas de trabajo agrícola y objetos para el día a día. “Quiero que se recuerde esta tradición, que se recupere y popularice para que siga habiendo bosques de mimbre y que llegue ese trabajo a Argelia. Y, también, porque quiero que se descubra que es un oficio maravilloso”, cuenta con entusiasmo. Por eso, cuando de pequeño proyectaba su vida, pensaba: “algún día llegaré a España para conectar dos países que se vinculan gracias al mimbre”.
La peluquería como excusa para vivir un sueño
Y así lo hizo hace seis años, en 2019, aunque, primero, con la excusa de montar una peluquería –Iruñartea–, ubicada en la calle Bernardino Tirapu de la Rochapea, para poder “comer un trozo de pan” y perseguir su vocación. Y todo queda resguardado en el arte que esconde bajo sus manos. “Hay que amar las manualidades para que te den sus secretos. Y yo amo lo que hago”, sostiene.
Moha habla de sí mismo como un “soñador terco”, de ahí que cuando le contó a su familia todas las aventuras que quería emprender, le pusieron los pies en la tierra. Primero, le comentaron que tenía que aprender castellano –y él fue durante dos años a la escuela para salir con un nivel medio alto–. Cuando ya cumplió con esto, volvió a insistir, pero le dijeron que no podía marcharse sin un plan de vida, así que conoció el oficio de la peluquería. “En ese entonces, tan solo era una excusa y nunca pensé que podría hacer el proyecto de montar mi propia peluquería, que es un sitio alucinante. Aquí viene la gente a la que conozco desde hace seis años, cuando llegué a Iruña, y siempre tengo que sacar un rato para ellos porque vienen de muy lejos”, apunta. Además, poco a poco va descubriendo las historias de aquellos a los que corta el pelo. “Es mi parte favorita porque me revelan una parte de su alma. Y eso me llena muchísimo”, confiesa.
Agradecido de vivir
Pero su camino hasta aquí –que ya no se le escapa la sonrisa de la cara–, Moha tuvo que pasar por todo. La distancia con una familia a la que ama, el duelo de encontrarse en un país con una cultura totalmente diferente –aunque reconoce que la sociedad navarra se asemeja mucho a la argelina en el sentido de la hospitalidad y de la unión–, las complicaciones a la hora de mantener sendos oficios, las dudas, un bronce en el campeonato internacional de mimbre en Polonia... Y un año en el que casi lo pierde todo.
“En 2023, iba a volver a participar. Sin embargo, el día de mi cumpleaños me diagnosticaron un cáncer. Los médicos pensaban que no iba a sobrevivir. Pasé muchos días en el hospital negándome a esa posibilidad. Todavía tenía mucho que hacer. Tenía muchos sueños que cumplir”, se emociona. Y logró salir adelante. Todavía más agradecido que antes y con más ganas de comerse el mundo.
De esta forma, quiso aprovechar todo su tiempo para construir los mundos posibles en los que sus sueños se hacen realidad. Por eso, da talleres de mimbre en Etxauri, triunfa con su peluquería Iruñartea –el símbolo, un fénix que surge de las tijeras, hace referencia a cómo él superó una de las batallas más difíciles que le puso la vida y cómo lo combina con sus orígenes bereberes y con una pasión que le llegó de casualidad, pero que dibuja parte de su identidad–, estudia euskera cuando puede y, poco a poco, está inculcando a la sociedad navarra la cultura del mimbre y la importancia de hacer cosas con las manos. “Cuando quieres, puedes. Se trata de la capacidad y la voluntad de uno. Tienes que creer en ti mismo y luchar por lo que amas. Yo quiero esto porque me sale del alma y las quiero realizar, así que trabajo todos los días y nunca estoy cansado”, comenta con una sonrisa.
Su sueño, que comenzó con una funda para el jarabe y una tradición familiar, se está enlazando con nuevas historias y con un proyecto todavía más ambicioso. “Quiero que Navarra sea el centro de una fiesta internacional de mimbre porque eso significaría que esta pasión se ha contagiado”. Todavía no sabe cómo llegará a su objetivo o si su voz y energía convencerán al mundo. Lo que sí sabe es que él, mientras tanto, recordará y contará con las manos la historia de una vocación, de un amor y una vida.