A pesar de ser un pequeño pueblo de apenas 22 habitantes (38 censados), la imposibilidad de reunir a todos los vecinos y vecinas de Izalzu/Itzaltzu para sacar una fotografía es un reflejo de que la vida aquí entre semana está lejos de ser aburrida y monótona. Y es que desde este recóndito y coqueto rincón de calles empedradas y a tan sólo 3 km de Otsagabia/Ochagavía, una de las localidades más visitadas de Navarra, Izalzu/Itzaltzu no deja de ser otro pueblo pirenaico donde sus gentes tienen sus quehaceres diarios y donde cada día se esfuerzan para demostrar que es posible vivir y trabajar en el mundo rural.  

Señalado por los indicadores demográficos del Gobierno de Navarra como uno de los 10 municipios de Navarra con peor resultado en la variación de población en 5 años, el pueblo trata de sobrevivir como puede. Su escasa población ha llevado a que en las dos últimas elecciones municipales no se presentara ninguna candidatura, lo que les sitúa en una vulnerabilidad institucional. “Llegamos a estar año y medio sin ayuntamiento. Nos iban a cortar la luz y a embargar pagos porque no se podía firmar nada y al final tuvimos que crear la comisión gestora”, explica el actual presidente en funciones, Kike Juanto. Ahora, funcionan como concejo abierto, donde las decisiones se toman en asamblea vecinal, un modelo aprobado por votación popular. “Un vecino, un voto. Estoy de presidente porque nadie más quiere, pero esta fórmula del batzarre nos parece la más apropiada para no tener nadie todo el peso de la responsabilidad”, destaca. 

Las dificultades no terminan ahí. La “rigidez administrativa” que les ha llevado, por ejemplo, a perder una subvención del Plan del Pirineo para arreglar un almacén en el consultorio por no tener página web propia (ya que incumplirían la Ley de Transparencia), o la imposibilidad de encontrar alquileres de vivienda asequibles, demuestra que las políticas públicas no siempre se adaptan a la realidad rural. “Es muy bonito escribir las leyes desde un despacho en Carlos III, pero yo les invito a que vengan a vivir un año aquí. Entonces escribirán algo decente”, manifiesta Kike.

ELECCIÓN DE VIDA

Aún así, hay gente que sigue peleando cada día por mantener vivo el pueblo donde han elegido vivir. Además de personas jubiladas que intentan ocupar las largas horas del día, también hay personas en activo dedicadas a la ganadería, a la construcción o al turismo. No sólo adultos, también hay tres niños de entre 8 y 12 años que cada mañana suben al microbús escolar. 

Una de esas familias asentadas es la de Marta Ibáñez. En 2012 se trasladó con su marido y sus dos hijos de entonces 13 y 14 años de Zizur a Izalzu, tras quedar su padre viudo. Un drástico cambio del que no se arrepiente para nada. “Mis hijos están felices, no quieren saber nada de ir allá”, confiesa. De hecho, Iñaki y Anne, ahora ya mayores, han decidido quedarse a vivir en Izalzu: él, acaba de montar su propia instalación con unas vacas; ella, trabaja en la guardería infantil de Ezcároz/Ezkaroze. 

En cuanto a Marta, recorre 4 días a la semana los pueblos del valle de Salazar y localidades como Navascués, Aspurz o Bigüezal al volante de su furgoneta. Reparte fruta, verdura y pescado; un servicio esencial para las personas mayores. “Un chico de Ochagavía que hacía el reparto lo iba a dejar y mi hermano, que repartía por Aezkoa con otro camión, me animó”, declara. Marta reconoce que el trabajo exige vocación. “Hace falta que te guste y yo estoy muy a gusto. La gente es muy agradecida y le coges mucho cariño”, reconoce. Sin embargo, el futuro le genera dudas. “No me veo jubilándome aquí. Me quedan más de 10 años, pero cada vez hay menos gente mayor y los jóvenes no compran”, lamenta. Aún así, sigue apostando por quedarse y por participar en la vida social del pueblo: “Salimos todos los días a echar la partida de cartas a la sociedad. Es bonito relacionarte con gente de todas las edades”, concluye.

Mauri Sancet, Matías Cruchaga, Marta Ibáñez y Segundo Goyeneche son algunos de los vecinos que viven a diario. Patricia Carballo

Para edades la de Segundo Goyeneche, que es el mayor del pueblo. Con 84 años, ha pasado su vida ligada al ganado. “A los 14 años ya sabía todas las ceremonias que había que hacer a las vacas. Ahora ha cambiado, ya no nieva como antes y hay más comodidades”, recuerda. Durante 8 años trabajó a más de 300 km de su pueblo, cerca del valle de Aran. Regresó cuando su padre ya era mayor y se quedó con un hermano al frente de la casa con ganado. Hoy, es su hijo quien continúa el legado familiar, llegando a tener hasta 100 yeguas. “El ganado te tiene que gustar”, afirma.

Durante 14 años fue alcalde del municipio. Entonces, recuerda, el pueblo rondaba los 50 habitantes. “Aquí lo importante es tener buena calefacción y tener la casa bien aislada”, reconoce. “Yo hago vida en casa y estoy a gusto, hago 1 hora de bicicleta todos los días, también salgo a pasear y cuando hace bueno, me gusta estar en la huerta”, confiesa.

Matías Cruchaga también es un hombre activo. A sus 73 años, siempre que el tiempo lo permite, recorre a pie todos los días con algún amigo unos 10 kilómetros y, además, dos días a la semana, los lunes y miércoles, va a un taller de gimnasia para personas mayores en Otsagabia. Dedicado al mundo agrario, al trabajo del monte en Irati y los últimos 15 años antes de jubilarse en construcción en Iciz, ve con tristeza cómo el pueblo y el valle en general se va despoblando. “Yo aquí estoy a gusto y mientras pueda, aquí seguiremos, pero ya vamos quedando pocos. Da pena que aquí lo más solicitado sea la residencia, hay lista de espera”, subraya. 

TURISMO TRANQUILO

Izalzu es un pueblo pequeño y tranquilo, pero no ajeno al pulso turístico del Pirineo. Situado al lado de Otsagabia, ofrece una alternativa alejada de multitudes, con más calma y con un contacto directo con la naturaleza. Así lo vive Mauri Sancet, vecino del pueblo y responsable desde 2003 junto a su pareja Maite del Hotel Rural Besaro, que, al arrimo de otros alojamientos como Apartamentos Apezarena o Xandua Etxea, conforma una oferta destinada a quien busca conocer la zona sin prisas. “Al estar más alejado, el pueblo mantiene su esencia y el tipo de cliente que viene es diferente, más tranquilo. Estamos súper satisfechos con esa gente”, admite.

Uno de los grandes atractivos del pueblo es el Sendero de Gartxot, un recorrido circular de casi 12 km que divulga la legendaria historia del bardo del siglo XI y XXI. “El sendero tiene un éxito total, gusta mucho, ya que tiene de todo y el paisaje es muy variado. Aunque el 80 % no sepa nada de la leyenda, al hacerlo sí que la conocen y es súper grato para quienes queremos divulgarla”, resalta Mauri.

Sin embargo, a nivel turístico y social, el verano dista mucho del invierno. “En verano los pueblos tienen vida y, en invierno, los que vivimos aquí estamos a gusto, pero son pueblos vacíos”, admite. Reconoce que la vida es más fácil para quienes trabajan, pero no tanto para las personas mayores. “Nosotros andamos siempre liados y hacemos mucha vida a nivel de valle, también algunos jubilados que pueden desplazarse en coche, pero el problema es cuando ya no tienes medios para moverte”, apostilla. De ahí que vea como clave para el futuro entender el valle como un territorio conjunto. “Antes era difícil ver a uno de Izalzu con uno de Esparza, pero ahora nos mezclamos, ya sea por necesidad o por afinidad. Los jóvenes de aquí, por ejemplo, tienen sus cuadrillas en Otsagabia. Y eso es positivo a nivel social, pero también a nivel político”, dice. 

Sin negar las dificultades a las que se enfrentan cada día los y las vecinas de Itzaltzu, mientras haya trabajo, servicios cercanos y, sobre todo, ilusión y voluntad de quedarse, la vida en este acogedor pueblo sigue siendo posible, digna y plenamente valiosa.