En Izalzu/Itzaltzu, un pueblo de apenas 22 vecinos en el Pirineo navarro, la vida no se mide por relojes. Aquí, el tiempo lo marcan los partos de las vacas, la nieve en invierno y los pastos de la sierra en primavera. Con 27 años, Iñaki Mantxo Ibáñez lo tiene claro: su sitio está aquí. “Desde siempre me ha gustado el ganado. En casa siempre he ayudado a la familia y luego estudié ganadería”, confiesa. Aunque vivió en Zizur hasta los 14 años, nunca se imaginó un futuro allí. “Yo no quería estar en la ciudad. Estaba deseando venir”, dice sin rodeos.
Una vez instalada la familia en el valle de Zaraitzu/Salazar, le tocó trabajar en la construcción, de tractorista en Lumbier...hasta que hace muy poco surgió la oportunidad que le cambió el rumbo. Una explotación ganadera quedaba libre y decidió dar el paso. Como lo compaginaba con otro trabajo, no obtuvo subvención de primera explotación. “Me lancé poco a poco, según iba pudiendo”, admite este joven que es el último vecino en emprender en Izalzu/Itzaltzu.
A día de hoy, Iñaki tiene unas 40 vacas de raza pirenaica, y las cuida combinando varios trabajos. En invierno, es monitor de esquí; en verano, pastor de ovejas de ordeño para Aztal Gazta, un joven quesero de Otsagabia. “Empiezo en mayo y estoy hasta octubre”, explica. Un encaje de bolillos que exige organización y, desde luego, mucha vocación.
ATENCIÓN DIARIA
Su día a día no es sencillo. Madruga para atender el ganado, después sube a la estación de esquí y vuelve por la tarde a la cuadra. En invierno, las vacas están estabuladas y requieren atención diaria. “Hay que ir todos los días, de lunes a domingo. Y ahora, con los partos, igual toca despertarse alguna noche para mirar si todo va bien”, asevera.
Muchos dicen que es un oficio sacrificado y duro, pero él no lo vive como si fuera una carga. “Si te gusta, no cuesta tanto. Es mucho peor un trabajo al que vas obligado”, apostilla. En primavera y verano, cuando el ganado sube al monte o a los puertos de la sierra de Ezcároz/Ezkaroze, la rutina se vuelve algo más llevadera, aunque compatibilizarlo con una jornada laboral de 8 horas sigue siendo un reto. Más allá del trabajo, la forma de vida y de relacionarse con la gente también compensa. “En Pamplona todo va con prisas, siempre con el reloj. Aquí es distinto. Es la tranquilidad de vivir en un pueblo y poder relacionarte con todo el mundo, en la ciudad cada uno va a lo suyo”, explica.
Su historia no es una excepción, parece que algo está cambiando en el valle. “Hace años la gente no se quedaba, pero ahora muchos jóvenes de entre 20 y 30 años están volviendo”, asevera. Una generación que, con más o menos dificultades, apuesta por un futuro en el territorio. “Al final lo que queremos es quedarnos aquí y apostar por un Pirineo vivo”, concluye. Porque para él, vivir en un pueblo no es renunciar a nada: es, simplemente, ser libre.