Tengo escritas decenas de columnas de condena sin paliativos sobre los mortíferos bombardeos de Israel sobre territorio palestino. Incluso, en uno de los textos llegué a dejar negro sobre blanco que si yo viviera en la franja de Gaza era altamente probable que practicase la lucha armada. Lo terrible es que tenga que apuntarlo como preámbulo antes de manifestar mi más rotundo rechazo a los salvajes ataques de Hamás contra la población civil israelí. Y más terrible es aún volver a comprobar cómo una buena parte de los campeones mundiales de impartir lecciones sobre derechos humanos y denunciar agresiones a granel justifiquen sin rubor unas atrocidades como las que estamos viendo desde la mañana del pasado sábado.

Pretender que ejecuciones sumarísimas en masa o bestiales agresiones sexuales a mujeres son actos de resistencia es un signo de inhumanidad oceánica. Como suele repetir mi admirado y querido Andrés Krakenberger, no hay que confundir explicar con justificar. Ni viceversa.

Incoherencia

Claro que no hay lugar para la sorpresa. La invasión rusa de Ucrania ya nos ha acostumbrado a estas incoherencias de talla XXL. Aprovecho el viaje, por cierto, para preguntar a quienes sostienen que Zelenski debe rendirse a Putin para evitar que se prolongue el derramamiento de sangre si esa máxima es de aplicación a este conflicto infinito. ¿Deben renunciar a su lucha los palestinos ante la (presunta) evidencia de que, siendo grande, su fortaleza militar está por debajo de la de su enemigo que, además, no va a titubear a la hora de vengarse a sangre y fuego? Yo respondo que no, e inmediatamente aclaro, como ayer me señalaba un fino analista de la actualidad, que, por lo menos en sus primeras jornadas, esta guerra no es entre Isarel y Palestina sino entre Hamás e Israel.

Empatía

Y a pesar de que sea así, es la causa palestina la que está perdiendo toneladas de empatía y simpatía internacional. Lo escribí en la red anteriormente llamada Twitter y fui tildado de esbirro del sionismo. Y es verdad, como me decían los críticos menos ácidos, que la empatía no salva vidas, pero en una guerra contra un enemigo poderoso es mejor tener a la opinión pública a favor que en contra.