La vida es una carrera. Y no sólo en Sanfermines, cuando amanece y una muchedumbre se apretuja en la Estafeta. ¿Podrá correr tanta gente delante de una manada de toros bravos? No, obviamente no. Los que de verdad corren sienten que el tiempo no corre. Y sienten la boca seca. Y taquicardia. Y malos presentimientos. Saben que las agujas del reloj de San Cernin siguen corriendo.

No corremos sólo durante el encierro, corremos durante todo el año. Corremos para llegar a los exámenes. Corremos para coger el autobús y fichar en nuestros trabajos. Corremos en apuntar las ideas de un artículo. Corremos para aprovechar los descuentos. Corremos para tomarnos las doce uvas. Seguimos corriendo en sueños con un balón en los pies o en las 24 Horas de Le Mans. Y las hay que exclaman: «¡Que corra, que corra el aire!».

Y, más que correr, la vida vuela. Corre el viento en invierno. Corre el agua bajo los puentes. Corre la electricidad por los cables. “Mete el dedo. Mételo —dice el verdugo de Berlanga señalando un enchufe—. ¿A que te da miedo?” Nosotros nos iremos y la vida seguirá corriendo. Y, por Sanfermines, seguirá corriendo el vino y la juerga. Y seguiremos corriendo los toros desde Santo Domingo hasta la plaza. Y, en algunas lavadoras, correrá grana de nuestras fajas a nuestras camisas blancas. Y muchas madres tendrán que resignarse: sus hijos correrán en el encierro.

Siempre, cuando el reloj de San Cernin marque las ocho, seguirá corriéndose esta carrera pedestre, de obstáculos y de relevos, esta carrera bárbara. Y lejos de la Estafeta, hacia las ocho, habrá quienes consulten la hora. Recordarán aquella mañana. Recordarán aquel encierro. Recordarán aquel infortunio. Decimos que el tiempo corre, vuela. Pero a veces no es cierto. A veces la vida no es una carrera.