Me da a mí que tenemos que ser a la vez la sociedad más sana y más enferma de la historia. La más enferma seguro, porque no tiene que ser nada bueno que la inmensa mayoría vivamos en las ciudades -cada vez más en las ciudades y menos en los pueblos, donde los quehaceres y los ritmos son distintos, en general, claro- metiendo infinidad de horas en interiores, malgastando horas y horas haciendo caso de ordenadores, móviles, corriendo de un lugar para otro como pollos sin cabeza, bombardeados por informaciones por los cuatro costados, acosados por augurios económicos chungos, con escaso contacto con la naturaleza al menos entre semana y, en resumen, viviendo una vida en la que al menos la salud mental de muchos está casi permanentemente en el alambre.
El otro día leí que la ansiedad -junto con el dolor- son los principales problemas de impacto en la población, según una encuesta del Instituto de Estadística de Navarra. Y eso que la ansiedad como problema había bajado varios puntos con respecto a 2021, año en el que aún se notaba, lógicamente, toda la fase de la época covid, confinamiento, etc.
Y, en paralelo y posiblemente para paliar esto primero, seremos posiblemente la generación o generaciones más dedicadas al cuidado del físico -no hay más que ver la proliferación de gimnasios e instalaciones de ejercicio de todo tipo que han proliferado en los últimos 10 años- y de la alimentación y también la que más se mueve en cuanto puede para precisamente alejarse unas horas o días enteros de la ciudad y acercarse a los numerosos lugares que por suerte tenemos en Navarra para dar un garbeo y reconectar un poco con montes, ríos y caminos. Es una época muy curiosa ésta, la verdad. La suerte que tenemos es que ni siquiera la ciudad es muy agobiante y el entorno, realmente, está a tiro de piedra. Hace un frío de cojones, eso sí, pero no va a ser todo sol y rock and roll.