Un millón seiscientas seis mil caladas, 80.300 cigarros, 4.015 paquetes de tabaco y del orden de 23.000 euros a precios de hoy es lo que me he logrado evitar en estos 10 años que ya llevo sin fumar. Un día como ayer de hace 10 años comencé la mañana sin encenderme el cigarro tras desayunar y, con mucho esfuerzo y durante el primer mes malestar físico y el primer año mono emocional, he llegado hasta hoy, imagino que ya lo suficientemente limpio como para no plantearme volver a encender nunca otro cigarro, aunque, con estas cosas, tan tontas –en sus inicios y en sus recaídas–, nunca se sabe.
El caso es que cuando fumas y si lo haces abundantemente como era el caso, el placer de hacerlo se acaba convirtiendo en una sucesión de molestias y males provocadas por el dichoso tabaco –olores, sabores, suciedad, dependencia, toses, ahogos–, que se ven acompañadas por el miedo a coger cada día más boletos para pillarte algo gordo. Al final, quieras o no, hay que tratar de buscar un estímulo muy potente –sea interno o externo o ambos– y echar mano de ayuda si cada cual lo ve necesario. A mi me ayudó una medicación que había por entonces y pienso que fue importante en el éxito del proceso, que ya había intentando sin éxito en ocasiones anteriores.
Fumar, mejor dicho, comenzar a fumar, es una de las cagadas mayores que uno puede cometer –por supuesto no hablo de drogas más potentes–, en la medida en que no te aporta nada y de hecho los primeros compases tragando humo suelen ser desagradables. Hacerse el mayor, copiar conductas, rebelarse… suelen ser algunas de las causas de una decisión que suele ser sencilla de revertir al principio pero que luego te puede acompañar décadas y décadas, con, normalmente, muchos intentos de dejarlo, frustración, culpa, etc. Fumen a gusto los que fuman y no piensan –por el momento o nunca– en dejarlo y ánimo a quienes pelean con ello.