Aliin es senegalés. Llegó hace ocho años en un cayuco que hacía aguas al puerto de La Restinga (El Hierro), mientras un grupo de turistas buceaban en busca de meros gigantes. Nació en Dakar hace 32 años y desde su ventana se puede ver la isla de Gorée. De allí partían los barcos negreros cargados de esclavos. Allí vive toda su familia a la que no ve desde entonces.

Aliin estudió hasta que sus manos, de una corteza invencible, fueron imprescindibles para salvar a su familia de la pobreza. Un día negoció con un negrero mafioso y pagó 4.000 euros para encontrar la tierra prometida. Y llegó, pero todos los semáforos estaban en rojo.

Aliin ha trabajado en Soria, Lleida, Almeria, Lerín y en Pamplona, donde reside. Ha trabajado duro, en granjas, gasolineras, mataderos, en la construcción, cuidando enfermos, recogiendo espárragos, fruta y pimientos, limpiando váteres y en un barco pesquero. Ahora ya está regularizado. O sea, que la vida le va regular.

Aliin está muy molesto con el discurso que la blanquitud de izquierdas mantiene sobre la importancia del empleo de los inmigrantes y cómo esos empleos sostienen nuestras cómodas vidas. Aliin se enfada cuando oye eso del “sin ellos” y lo necesario que son “ellos” para nuestra economía.

−Aclárame, −le dije.

−No te das cuenta −dijo−, que los blanquitos de izquierdas que nos ponéis en valor porque venimos a limpiar el culo de vuestros mayores estáis justificando que estemos aquí porque vosotros no estáis dispuestos a hacer ese trabajo. Ni tampoco recoger espárragos, ni fruta, ni hacer masa de hormigón, ni limpiar casas a 5€ la hora.

−No te das cuenta −insistió−, que nuestra dignidad no pasa por si somos o no útiles a una economía que se está aprovechando de las ventajas de la exclusión migratoria.

−Joder −dijo− lo único que quiero es competir contigo por los mismos puestos de trabajo. Y vivir como un ciudadano. Sin más, sin menos.