Me ha conmovido esa investigación sobre una vaca austríaca capaz de utilizar una escoba para aliviar su picor demostrando versatilidad, precisión y sobre todo propósito, porque nos sitúa ante el espejo incómodo y fascinante de una bestia que emplea instrumentos, demostrando una sofisticación cognitiva que creíamos reservada a los humanos y algunas otras pocas especies animales.
Desde luego no a las vacas, que tomamos más bien por simplonas y memas. Aunque me he acordado de Mo, la vaca que rumiaba sus pensamientos y analizaba la historia humana en la novela de Atxaga, así que Veronika y muchas otras de su especie estarán en ese limbo que los humanos adjudicamos a las realidades incómodas. Este descubrimiento trasciende la anécdota curiosa de las noticias del reino animal, porque no nos habla de algún exótico animal lejano sino de seres que hemos criado desde milenios. Y nos interpela sobre nuestra relación con ellos, invitando a una reflexión cada vez más urgente.
La ciencia nos va mostrando que muchos animales tienen mentes más complejas de lo que nos resultaba cómodo creer: se comunican, sienten, sufren y hasta juegan u organizan el tiempo… ¿Cómo reajustamos entonces la ética de nuestras acciones? No se trata del debate sobre la tauromaquia (que debería haberse abolido hace tiempo), donde el sufrimiento gratuito infligido choca con la evidencia de su potencial cognitivo, sino que la pregunta se extiende, de forma quizá más incómoda, también a nuestro plato. Hemos derribado dogmas sociales y políticos y la ciencia nos pide coherencia entre lo que sabemos y cómo actuamos. ¿Podemos seguir hablando de los animales como meros recursos? Cambiar nuestra relación con el mundo nos está costando demasiado y vemos que con consecuencias devastadoras. Ahora pensemos qué hacer, o más bien cuándo hacerlo.