El uso de las redes sociales por parte de niños y adolescentes lleva tiempo en el centro del debate educativo y social. A la preocupación de familias y docentes se han sumado psicólogos y expertos en salud mental, que alertan de los posibles efectos de una exposición temprana y sin control.

En este contexto, Pedro Sánchez ha planteado prohibir el uso de redes sociales a los menores de 16 años. La propuesta parte de una inquietud compartida. Diversos estudios señalan que el uso intensivo de redes se asocia a problemas como ansiedad, baja autoestima, dificultades de concentración o alteraciones del sueño, especialmente cuando el contacto comienza a edades muy tempranas. En la infancia, además, la falta de madurez emocional puede aumentar la vulnerabilidad frente al ciberacoso, la presión social o la exposición a contenidos inapropiados.

Al mismo tiempo, educadores y pedagogos recuerdan que las redes forman parte del entorno social habitual de la adolescencia. Para muchos jóvenes son espacios donde mantienen relaciones, se expresan, exploran su identidad y se sienten parte de un grupo. Por eso, numerosos expertos insisten en que el problema no es solo el acceso, sino el uso sin acompañamiento ni educación digital. En paralelo a este debate político y académico, en Navarra crece el número de familias que acuerdan retrasar la entrega del primer smartphone, mediante pactos colectivos entre padres y madres de un centro. La iniciativa busca reducir la presión social y ganar tiempo antes de que los menores entren de lleno en el ciberespacio. En el contexto europeo, el Estado español no sería completamente pionero, pero sí se situaría entre los países más restrictivos, además de abrir un debate sobre la falta de regulación de las plataformas.

El marco común de la UE fija la edad mínima sobre los 13 o 14 años, generalmente con consentimiento familiar. Mientras el Gobierno defiende la necesidad de proteger a los menores, muchos especialistas subrayan que las restricciones, por sí solas, no bastan. Reclaman combinar límites claros con educación emocional, alfabetización digital y un mayor acompañamiento desde la familia y la escuela. La discusión es, más que la edad, cómo se les prepara para convivir con un entorno digital que ya forma parte de su día a día. El debate nos concierne a todas. Porque el enganche es mucho más amplio y transversal.