Objetivamente hablando, a Javier Esparza no le está yendo bien en la comisión que investiga las obras públicas en Navarra. Su insistencia en perseverar con preguntas capciosas y cero empatía hacia los comparecientes le ha proporcionado algún titular de prensa, pero ningún triunfo y alguna sonora derrota. Como la de este miércoles, que no alcanzó la categoría de humillación porque Santos Cerdán destensó la cuerda cuando ya lo tenía ahogado.

De hecho, podía haberle apretado un poco más cuando le acusó de “interferir” en el proceso de adjudicación de la primera fase del Canal de Navarra con una reunión “la noche de antes” en el domicilio de quien entonces era consejero de Desarrollo Rural en el Gobierno de Barcina. Una acusación que el portavoz de UPN desmintió con la boca pequeña antes de incurrir en una inaceptable patrimonialización del poder al responsabilizar a Cerdán de haberle “robado dos gobiernos en Navarra y haberle dado la Alcaldía de Pamplona a EH Bildu”.

A estas alturas de la película el veterano político regionalista debería saber que una de las esencias de la democracia, si no la principal, reside en la capacidad de acordar entre las distintas formaciones del arco parlamentario para alcanzar pactos. Y eso es lo que hicieron PSN, Geroa Bai e Izquierda-Ezkerra, en 2019, cuando cerraron un acuerdo de gobierno que funcionó con el apoyo externo de EH Bildu. Y es lo que repitieron en 2023, con Contigo-Zurekin en lugar de I-E.

En ambos casos ante la incapacidad de la derecha para lograr el entendimiento con otras fuerzas que le dieran la presidencia al propio Esparza, que lo intentó por todos los medios sin éxito alguno.