Lucha de carneros. A cabezazos. Metáfora de una sesión reciente en la Comisión de Investigación sobre licencias y adjudicaciones de obras públicas del Gobierno de Navarra en las últimas cuatro legislaturas, en el marco de una Causa Especial de la Sección Cuarta de la Sala Segunda del Tribunal Supremo. Protagonistas: el compareciente Santos Cerdán, exdiputado a Cortes por Navarra (PSN) y ex secretario de Organización del PSOE, y el portavoz de UPN en la Comisión, Javier Esparza. Era una de las citas con morbo político en la agenda de comparecencias.
En lo concerniente a su implicación en la duplicación de los túneles de Belate y en la empresa Servinabar, para Cerdán fue como una gala de “Inocente, inocente”. Lo proclamó con reiteración. La verborrea exculpatoria contrastó con su anunciado acogimiento a su derecho a no declarar. Esparza consiguió lo que más deseaba: la implicación confesa de Cerdán en los pactos de gobierno entre el PSOE y EH Bildu. En el Estado, en Navarra y en Pamplona. Quizá porque el ex secretario de Organización socialista sostiene que arriesgó demasiado con su interlocución con separatistas vascos y catalanes. De ahí, su persecución y caída en desgracia. Su argumentario al menos mientras no se demuestre su presunta participación en casos de corrupción.
Tiempo a un tiempo que será más dilatado con el cambio de instancia judicial. Santos Cerdán percibió “rencor y odio” en su citación parlamentaria y en su careo con Esparza, frustrado hasta la renuncia en sus aspiraciones a la presidencia de la Comunidad Foral. Le espetó un origen sospechoso de sus inicios políticos, que vinculó a la consecución de un campo de fútbol para su pueblo. Calificó la escena como un diálogo entre dos “muertos políticos”. La presidenta de la comisión optó por inhibirse y sonreír. Abstraída de su compromiso para ajustar las intervenciones al objeto de la investigación y generosa con los tiempos asignados a cada grupo. Se lo pasó guay.