Cinco asesinatos en un lustro. Cinco mujeres encontraron la muerte en otros tantos episodios de violencia machista en Navarra. Víctimas acuchilladas o golpeadas, jóvenes y adultas, nacidas en esta tierra o muy lejos de ella y que fallecieron en sus casas, lugares de trabajo o intentando huir de quienes eran o habían sido sus parejas, las mismos que, en los casos ya sentenciados, fueron condenadas a penas de 17 a 21 años de prisión.

No olvidar que, en dos ocasiones, algún hijo estaba presente durante el ataque a su madre. ¿Qué decir? Nada nuevo. No hay semana que no escuchemos uno o más casos semejantes y, al menos, una vez al año nos toca muy cerquita. El viernes, en Sarriguren: Tatiana, ni 30 años tenía, era madre de cuatro niños pequeños y fue asesinada por quien era su esposo y del que pretendía separarse.

Parece ser que nunca interpuso denuncias contra su agresor, el mismo que terminó con la vida de esta joven de varias puñaladas y, de paso, hirió a su propia madre. ¿Qué decir? Nada nuevo. Es una lacra, es una mierda que además engorda por efecto imitación –un tipo mata a su mujer y otro se dice pues yo también–. Fui de quienes creyó que las leyes y una nueva conciencia social terminarían con estos feminicidios. He perdido la esperanza.