Los sindicatos convocantes de la huelga general en defensa de un salario mínimo propio en Navarra y la Comunidad Autónoma Vasca lograron un seguimiento irregular en sectores y territorios. Ejerciendo el derecho incuestionable a la huelga, miles de trabajadores secundaron una movilización cuyo efecto real inmediato seguramente sea nulo, pero que permite a los convocantes –ELA, LAB, Steilas, Hiru y Etxalde–, mantener vivo un debate pertinente y con numerosas aristas técnicas, legales, políticas y económicas.
Habida cuenta de que el salario medio de Navarra supera en torno a un 10% la media estatal y que el coste de la vida es también más elevado –la vivienda y la alimentación son sensiblemente más caras en Navarra que en La Rioja y Aragón, sin ir más lejos–, puede parecer que un SMI propio tiene sentido. Pero nada es tan sencillo. Dentro de la propia comunidad, la situación varía según zonas y sectores económicos.
En algunos de ellos, elevar el salario mínimo hasta los 1.500 euros brutos es casi un deber; en otros obligaría a afrontar cambios relevantes en un modelo laboral que no se puede sostener eternamente sobre los bajos costes, pero que ha generado empleo abundante sobre todo en el sur de la comunidad. Existe además otro elemento que no conviene olvidar: nunca como en los últimos años ha subido tan rápido el SMI. Un nuevo acelerón generaría fuertes resistencias en las organizaciones empresariales. Y no parece asimismo que el salario mínimo propio esté hoy más cerca que ayer, porque de momento ninguno de los partidos con capacidad para decidir está dispuesto a modificar su postura.
La huelga general, una herramienta que conviene manejar con cuidado, tiene, eso sí, una virtud: pone en el centro de la discusión social el más que pertinente debate sobre la creciente desigualdad de rentas. Un asunto que se aprecia en las estadísticas –crecen mucho más rápido los ingresos de quienes más tienen que los de quienes viven de su trabajo– y que se comprueba con un leve vistazo a la nómina y a su capacidad de compra. No es un problema nuevo ni sencillo de corregir, pero es urgente evitar que los trabajadores sigan perdiendo poder adquisitivo cada vez que la inflación, como parece que va a suceder de nuevo, se reactive.