La atención que han prestado los medios de información, locales y nacionales, a la celebración de la llegada de la II República del 14 de abril de 1931 ¿ha sido mucha o poca? Hablaremos tan sólo de aquellos que han pasado por nuestras manos. Hemos visto los que le han dedicado algunas líneas para afirmar que la República, como sistema político, no tiene gancho en la sociedad, aventurándose a decir sin base documental que la ciudadanía se siente bien con una monarquía constitucional. Otros han recalcado que los partidos de izquierda, o considerados como tales, en especial el PSOE, se sienten muy cómodos con la monarquía constitucional y consideran, además, que el asunto del sistema de gobierno de este país no es un problema que abotargue el pensamiento ni el interés de la ciudadanía. Llegan a decir que, con monarquía constitucional o República, seguiríamos con la misma colección de problemas. Adivinos que son. Y los ha habido que han sugerido que tan solo su reivindicación divide a la sociedad, y que lo que será mejor es seguir como estamos, dada la beligerancia de la derecha, la cual, por prescripción de su ADN, es golpista. Lo curioso es que estos analistas, después de afirmar que el poder político reside en la voluntad popular, no exijan que se consulte a esta voluntad qué tipo de gobierno desea: si monarquía o república. Porque, por mucho que digan, la monarquía del borbón, nos la clavaron por la puerta de atrás y sigue siendo, aunque no les guste recordarlo, la monarquía heredada del 18 de julio.
De lo anterior, puede deducirse la existencia de una gran paradoja al comprobar que los valores políticos, sociales, institucionales y de otra naturaleza axiológica, presentes en la actualidad, son esencialmente republicanos; valores, que, irónicamente, muchos “fachas” rechazaron y, luego, terminaron beneficiándose de ellos. Se comprende que la derecha no quiera oír ni en pintura la palabra República, porque pensarán que, de darse una nueva república, sería un calco de la de 1931, y, por tanto, “funesta y nefasta, atea, masónica y comunista”. Ya tiene su aquel sarcástico que el tiempo del bienio negro en que la derecha gobernó, no lo reivindique siquiera como el mejor tiempo de aquella II República.
Es una verdad incontrastable que los valores que han hecho posible que en este país se dé, no una convivencia entre posturas ideológicas contrapuestas, pero sí una coexistencia más o menos pacífica, son aquellos valores que fueron santo y seña de la II República. Resulta ser un pésimo síntoma constatar que las derechas de este país sigan sin haberla digerido todavía y consideren que una nueva edición de una República en este país sería igual de nefasta que funesta. Lo que suena a fatalismo.
La apuesta de la República por la formación de la ciudadanía y sacarla del analfabetismo fue modélica, sólo repudiada por la Iglesia y sectores, más que conservadores, reaccionarios. Se sometió el poder público y fáctico, especialmente el militar, a la Ley. La creación del Tribunal de Garantías Constitucionales –antecedente del actual Tribunal Constitucional–, fue un hito. El poder civil se colocó por encima del resto de los poderes (legislativo, ejecutivo y judicial) y todos ellos sometidos a la soberanía popular. Incluido el supuesto poder de la Iglesia, que nunca ha sido jamás político, a pesar de que haya funcionado por encima de este. La II República estableció un Estado de Derecho, inédito durante el franquismo, como ya demostró Elías Díaz.
Fue la República quien otorgó la mayoría de edad política y civil a la mujer. Igualdad que no fue una concesión, sino una condición necesaria de la democracia. El debate entre Campoamor y Victoria Kent fue un ejemplo de parlamentarismo intelectual, alejado de la degradación dialéctica actual. Lo rescatable no es quién tuvo la razón táctica, sino la calidad de sus argumentos. Fue un debate de ideas, de proyecciones sobre el impacto social y de visiones de Estado, donde el adversario no era un enemigo a destruir, sino un interlocutor necesario para definir el futuro del país.
Gracias a la Segunda República pudo iniciarse la transición de la mujer como sujeto tutelado a ciudadana de pleno derecho. El feminismo dejó de ser una aspiración periférica para convertirse en una cuestión de Estado. Los pilares de este avance fueron claros: el Sufragio Universal (1931), el tesón de Clara Campoamor no solo venció los prejuicios de la derecha conservadora, sino también las reticencias tácticas de buena parte de la izquierda, que temía el voto femenino por considerarlo excesivamente influenciado por la Iglesia. La Ley del Divorcio (1932), fue el instrumento legal que permitió romper la subordinación civil de la mujer. Al desvincular el matrimonio de la indisolubilidad eclesiástica, el Estado reconoció la autonomía individual frente a las instituciones tradicionales.
La república estableció el Estado laico. Y no, no es equiparable la llamada neutralidad del Estado de la Constitución actual. En el orden práctico, la Constitución de hoy no le llega al tobillo a la de 1931. Además, la neutralidad confesional que nadie cumple. En el terreno institucional, empezando por la de la Monarquía, existen ayuntamientos, hospitales, ejército, escuelas, institutos, universidades, que siguen celebrando actos religiosos católicos. Si el Estado es neutral, ¿por qué todas ellas se comportan como si fueran católicas? Y ahí está esa cantidad de alcaldes que asisten a procesiones diciendo que representan a la población en materia confesional. ¿Cómo un alcalde católico puede representar a un musulmán o a un ateo? No lo hacen. Y si sólo representan a los católicos que es lo que alegan, ¿qué ocurre con el resto de las confesiones? ¿Acaso no forman parte del Estado de Derecho?
Todo ello es un signo calamitoso de la merma de una democracia que hace agua por la parte más sensible y emocional, el de las creencias religiosas. Sin el funcionamiento de un Estado laico, una democracia es una entelequia. Solo un Estado laico garantiza respeto a la pluralidad confesional, la libertad de conciencia y la libertad religiosa. En este sentido, si estamos a años luz de vivir en un Estado laico, su democracia no es tan firme como se dice. Lo que significa que aún nos toca aprender muchísimo de la II República.
Juzgar la República por la conducta individual de sus actores es una pérdida de tiempo. Es preciso pensar en el proyecto de país que intentaron construir, un país culto, reformista, europeo, igualitario y legalista. La República intentó que España dejara de ser una excepción en Europa para ser una democracia moderna. De ahí que el golpe de Estado truncara radicalmente ese modelo. Ello supuso que, tras cuarenta años de dictadura, la sociedad ha tenido que reinventar aquellos valores que dieron identidad a la II República de 1931. Es ofensivo que se siga hablando de aquella República como una entidad funesta y nefasta. Porque, cambiando lo que haya que cambiarse, ¿en qué se diferencian los valores que implantó con los democráticos actuales?
Ateneo Basilio Lacort