Arrecian ventarrones. Dotados para la desestabilización. Enemigos de la convivencia. Asoman en un campo de fútbol, en un mitin, en una comisión parlamentaria, o en la barra de un popular bar de tapas. Cada vez con más frecuencia y, además, desafiantes. Son los racistas. Han abandonado la caverna y las caretas. Creen que el entorno les favorece ahora y, ante el futuro inmediato, mucho más. Exhibiciones intolerables como la islamofobia televisada en la grada más españolista de Catalunya retratan un foco ideológico plagado de toxicidad. Son algo más que una cuadrilla de ignorantes, como les tildó un humillado Lamine Yamal. Una lacra que se expande.
El poliédrico debate sobre la inmigración empieza a cargarse de nitroglicerina. Asiste fundamentalmente tintado de fanatismo doctrinal, de manipulación ilimitada, de un permanente maniqueísmo. La objetividad queda aniquilada de saque. El sectarismo pelea contra la razón. El propósito del acuerdo salta por los aires. La ultraderecha tira del ronzal al PP. Es así como se asiste a espectáculos draconianos en el Senado con parlamentarios de ambos bandos compartiendo la misma desfachatez. Son esas victorias pírricas que envalentonan a los xenófobos, pero que arrastran al lodazal democrático desde los mamporreros de Vox a quienes tienen la obligación, siquiera como socios obligados, de representar a un partido obligado a gobernar un país.
La grillera de Cornellá no es un hecho fortuito. Proyecta un estado de ánimo incendiario. Vocifera desde una derecha catalana ultramontana el rechazo a un presidente condescendiente con el independentismo catalán y a una política permisiva con la inmigración desbordante. Un cóctel ideológico propicio a la explosión. Una llama que prende peligrosamente con más velocidad que la deseada para un futuro armonioso. Existe una cantera sociológica radicalmente contraria a la recepción de brazos abiertos de inmigrantes. Una postura buenista y comprensiva hacia esta contrastada rebeldía que se nutre escalofriantemente desde edades adolescentes solo disimula el germen del cáncer y alimenta, de paso, una ilimitada intolerancia.
La (ultra)derecha ha visto en la visceralidad contra la inmigración sin adjetivos una puerta abierta al granero electoral. Le ha venido ocurriendo durante años con ETA. De hecho, todavía no desiste en el empeño porque los encuestadores interesados se lo recomiendan. Hasta es posible que liberaciones semanales tan polémicas como las de Txeroki y Anboto le sigan aportando votos, sobre todo en un escenario tan ensangrentado por el terrorismo como es Andalucía, donde se va a librar la batalla más crucial antes de las próximas generales.
Casualmente, es en el próximo 17-M donde la inmigración representará un factor desequilibrante de la suerte final. Sin este factor xenófobo, jamás Vox podría amenazar al PSOE en territorio andaluz. Ahora lo va a hacer sin esforzarse en más de una de las ocho provincias. Le persigue la duda existencial de sus cuitas internas. Empiezan a aflorar los silencios guardados durante tanto tiempo sobre la estructura financiera de un partido engendrado por la rocambolesca conjunción de intereses espurios conniventes con agentes políticos desestabilizadores. Una tormentosa confluencia de agravios, esparcidos como vomitonas mediáticas, que surgen curiosamente tras el primer pinchazo en Castilla y León de las expectativas electorales del comandante Abascal. Esta conmoción debería atemperarse para disponer de una correcta radiografía de situación. Los iracundos votantes críticos con el sanchismo, los inmigrantes y la izquierda no dejarán su voto en casa en la próxima cita con las urnas por compadecerse de la suerte de Espinosa de los Monteros, García Gallardo o Antelo. Si lo hicieran, el PP debería aprovecharse de los platos rotos.
La izquierda, expectante
Mientras, la dividida izquierda andaluza asiste como invitada al reparto mayoritario de escaños. Lo suyo queda reducido a la enconada esperanza de que Juanma Moreno no alcance los 55 escaños de la mayoría absoluta. Las victorias insuficientes del enemigo son el triste consuelo de su derrota palmaria. El PP seguirá gobernando. Queda por decir cómo. Es decir, aquella Andalucía de barniz socialista por los cuatro costados tardará años en rehabilitarse.
En el caso de Por Andalucía, lo suyo es una cuestión de dramática supervivencia. Nada como el peripatético referéndum exprés de Podemos para reflejar su debilidad. Sus angustias tan desesperadas para recomponer una unidad desestructurada inundan de inquietud a Sánchez cuando piensa en la suerte de su futuro.