Nuestro compañero F.L Chivite, que cumple 30 años de columnas en este periódico, ha recordado el contexto de sus inicios en 1996. “ETA seguía en activo, marcando agenda. Aún funcionábamos con pesetas. Aún no disponíamos de internet, ni de teléfonos móviles. Pero en el estado de ánimo general se respiraba más esperanza que ahora. Y un cierto anhelo de modernidad, dejémoslo ahí”.

Los años noventa fueron seguramente más optimistas que los ochenta y los ochenta más que los setenta. Ese clima quebró tras cuatro grandes sacudidas: el atentado a las Torres Gemelas (2001), la guerra a Irak (2003), la crisis económica (2008) y la pandemia (2020). En 25 años hemos pasado por todos los estados de emoción ante Estados Unidos, desde la empatía hasta el rechazo, pasando por el servilismo. Plegarse a Washington nunca ha sido buena idea, y mucho menos ante esta calamidad con veleidades pantocráticas llamada Trump. Según la exministra de Exteriores, Arancha González Laya, Europa se está quedando sola. Una sensación en parte de orfandad en parte liberadora se respira en el ambiente.

Aquellos noventa

Es curioso, las cargas que arrastrábamos en el 96 y las rumbosas expectativas que albergábamos, quizás porque ya éramos europeos, sobradamente jovenzuelos, habíamos pasado del vinilo al CD, de la carretera nacional a la autovía y teníamos titulitos formativos. Imaginábamos el progreso con la fe de la lechera y una sobredosis futurista. Y eso que aquellos años de maravillosos tenían poco.

Tres lustros

ETA puso el punto y final en tiempos de Zapatero, y eso aún genera picor hepático en una derecha que ha convertido a Pedro Sánchez en objeto obsesivo. La fijación alcanza al colchón que el presidente del Gobierno cambió al llegar a la Moncloa, según ha evidenciado un Feijóo lanzado al populismo más descarado. Ahora compara a Sánchez con Orban, e intenta recolocarse a rebufo del papa Prevost mientras suspira por un acuerdo con Abascal. Vaya cuajo. El síndrome de abstinencia del nacionalismo español más reaccionario se desbocó con el Procés y hoy dirige su ira contra el PSOE. Apunten la expresión ‘hacer un Guardiola’, tras el giro de 360 grados de la líder extremeña del PP, sí, de 360, para gobernar de nuevo con Vox.   

El republicanismo está ahora mismo para tomar sopitas, lo cual resulta muy triste, pero lo honrado es asumirlo, por simple respeto al ideario

Cartografías

Con Sánchez en la Moncloa el mapa de entendimientos incardina lo vasco y lo catalán, como pasó en el 96, pero esta vez sin el PP y con EH Bildu, y con un catalanismo en reseteo. Iván Redondo, exconsultor de Sánchez, subraya en sus artículos en La Vanguardia el carácter plurinacional de un estado que ha transitado de nuevo por el 14 de abril mientras la monarquía diversifica su cartera. Parte del juancarlismo se ha hecho letizista al tiempo que la derecha mira obsequiosa a un Juan Carlos froilanizado premiado en París.

¿Y el republicanismo? Hoy por hoy, no da para más, le falla la batería, el alternador, la carrocería y el chasis. Viendo las cuitas de la rondalla izquierda, siempre proclive a arrojarse la bandurria, no sorprende que la República se nos haya quedado en un chachachá, en una estampita primaveral, como cuando los jesuitas nos hacían conmemorar cada mes de mayo que San Ignacio había caído herido en el año tropecientos , lo que a la mayoría nos entraba por un oído y nos salía por el otro. El republicanismo está ahora mismo para tomar sopitas, lo cual resulta muy triste, pero lo honrado es asumirlo, por simple respeto al ideario.