El Ayuntamiento de Pamplona presentaba esta semana un diagnóstico que deberá servir de base para elaborar el primer Plan Municipal de Convivencia. Entre las muchas cuestiones que aborda el trabajo, me voy a quedar con uno de los consensos más sólidos, el referido a la gestión de la diversidad, a la convivencia intercultural como eje estratégico de presente y futuro.
El texto muestra una preocupación compartida por el crecimiento de discursos hostiles hacia la población migrante, de hecho el racismo o la xenofobia se posicionan como el principal problema que afecta a la convivencia para el 39% de la población y –mucho más alarmante– un 41% asocia la llegada de personas de otros países con una menor seguridad. Junto a ello, un 53% cree que el colectivo más expuesto a la discriminación son las personas migrantes o refugiadas. Es lo que tienen estas encuestas, sus resultados no siempre son claros y las conclusiones parecen ser o no, según se quiera ver.
Así, el 71% de la ciudadanía califica la convivencia en Pamplona como buena o muy buena, a la par que el 88% percibe un alto nivel de crispación en el debate político, hasta el punto de que el 91% estima que el enfrentamiento es cada vez mayor, pese a que en su entorno no lo es. No me es fácil entender siempre a mis convecinos.