La desmemoria es un ejercicio que la derecha viene practicando regularmente desde –valga la redundancia– tiempo inmemorial. Poco a nada ha querido saber de los excesos del franquismo, mientras sigue calificando de ejemplar la violenta transición en la que los crímenes de Estado (Montejurra y Gasteiz 76, Sanfermines 78, la guerra sucia con los GAL, etcétera) son poco menos que anecdóticos.
Conserva mucho mejor la memoria para recordar los asesinatos de ETA, que también debemos tener presentes como una ignominia, pero curiosamente en su intencionada memoria selectiva olvida episodios recientes de corrupción. Lo hemos visto en el juicio del caso Kitchen, en el que Rajoy, con la aquiescencia de Fiscalía y Tribunal, se choteó de todos hasta el punto de decir que desconoce que M. Rajoy sea él. En este contexto olvidadizo, compareció este miércoles Yolanda Barcina en el Parlamento para subrayar que en su Gobierno (2011-15) hubo corrupción cero. La amnesia en este caso se da de bruces con las dietas que se embolsó de la desaparecida Caja Navarra, en las que la jueza instructora del caso apreció indicios de un delito de cohecho impropio, del que se libró gracias a su condición de aforada.
Esta protección obligó a trasladar la causa al Supremo, que dio el correspondiente carpetazo al cobro de miles de euros por asistir a reuniones doble y hasta triples en una misma mañana. Barcina, que recalcó que lleva fuera de la política 11 años, acudió al Parlamento acompañada por Javier Esparza, que fue quien la echó a empujones de esta actividad tras un pulso cainita que puso a UPN contra las cuerdas. No olvidemos que Barcina se postuló para repetir como candidata, pero fue forzada a convocar las primarias que ganó Esparza, que fue quien vetó la presencia de Barcina en la lista al Parlamento para 2015-19 como era su intención. ¡Qué bonita es la desmemoria!