Ya ha comenzado el Giro, con un gran favorito para llevarse la victoria, el tan admirado como denostado danés Jonas Vingegaard, que, a priori, debe ser superior a una serie de rivales sin aparente capacidad de batir a uno de los mejores vueltómanos del siglo XXI. Con Vingegaard se da un fenómeno curioso: recibe innumerables críticas en redes sociales por correr de manera distinta al gran tótem del ciclismo mundial, Tadej Pogacar. Por lo que se ve, en el ciclismo moderno o haces las cosas que hacen Pogacar y Van Der Poel en su terreno o directamente eres una garrapata que no ataca, que no brilla, que no merece.

Es evidente que las capacidades de Pogacar y las de Vingegaard son distintas, como tan evidente es que Vingegaard, corriendo como lo hace Pogacar, igual no hubiese logrado ni la mitad de las victorias que tiene en un palmarés glorioso: dos Tours y tres segundas plazas y 4 etapas, una Vuelta y una segunda plaza y 5 etapas, Dauphiné, París-Niza, País Vasco, Volta, Tirreno y, sobre todo, la certeza de que sin él 3 de los 4 Tours ganados por Pogacar –el primero se lo ganó a Roglic– hubiesen carecido de la más mínima emoción. Le debemos al danés, por tanto, no ya solo la belleza de sus victorias –la más birriosa quizá la de la pasada y extraña Vuelta a España– sino también parte del mérito de los éxitos en Francia de Pogacar. Y, por supuesto, lo que no nos debe es nada: cada corredor ejecuta sus energías de la manera que considera mejor para sus intereses y si Pogacar hace lo que hace es porque sabe de sobra el potencial que tienen sus piernas y que lo que para otros es inviable para él es casi una rutina.

El poderoso puede ser valiente. Pero la afición al deporte siempre ha sido así, siempre ha necesitado héroes y villanos que contrarresten, atletas inmensos que no han recibido el aprecio merecido por ser más reservones o por no alcanzar la majestuosidad de otros.