Incorregibles. Da igual si se trata de contagios, de guerras, de volcanes o de inmigrantes. Incluso hasta de cuarentenas, que si obligatorias o voluntarias. Una patética discusión cuando ni siquiera hay tratamiento para la nueva amenaza vírica. Imposible la acción concertada, la pizca de sensatez, el mínimo consenso en asuntos tan vitales. Ocurre en la clase política. Siempre asoma la discrepancia. La permanente imagen del desacuerdo, del pulso sostenido con proyección mediática. Un rosario de discrepancias multilaterales porque el muestrario resulta inagotable: entre rivales, entre instituciones o hasta entre ministras del propio gobierno. Acaba de suceder y no será el último episodio.
La fatalidad parece cebarse con Pedro Sánchez. Pocos gobernantes habrán afrontado en sus diversos mandatos crisis sobrevenidas tan dispares y de tan honda envergadura. Ahora, acaece otro examen –el contagio del hantavirus y del desembarco de pasajeros afectados en Canarias– que le pilla con el pie cambiado. Lo debe encarar, además, a los exigentes ojos de demasiados países involucrados, con la zozobra propia que entraña. Una delicada responsabilidad imprevista cuando se encontraba absorto escrutando la (pésima) suerte de María Jesús Montoro en Andalucía, el alcance de la sentencia a su exministro, examigo y exsecretario de Organización, José Luis Ábalos, y, especialmente, en exprimir sin recato alguno la proyección que dentro y fuera de casa le aportará dentro de un mes la visita del Papa León XIV.
Las sucesivas crisis, sin embargo, no han dejado rasguños penetrantes en la figura ejecutiva del presidente socialista. Quizá hasta hayan contribuido a realzar su imagen de acreditada solvencia para desconsuelo de su aguerrida oposición. Siempre le quedará pendiente la asignatura endiablada de esas mascarillas compradas al crápula de Víctor de Aldama. Pero Europa ponderó su respuesta energética cuando el dictador Putin invadió Ucrania. Eso sí, en cualquiera de las coyunturas adversas tropezó en la piedra de su individualizada soberbia, en las antípodas del consenso previo. No parece importarle. Lo acaba de repetir con el Gobierno canario en un elocuente ejemplo de abierta descortesía institucional, de ese escaso aprecio por la capacidad de decisión autonómica. En este despropósito le ha acompañado como telonera la ministra de Sanidad.
La paniaguada decisión acordada entre Madrid y Tenerife para evitar el desenlace de ganadores y víctimas puede generar situaciones hilarantes. Como botón de muestra, acudirán las barcazas para recoger a los pasajeros. Una forzada alternativa para solventar lo que debería ser un aconsejable desembarco en puerto. Únicamente la soberbia política puede explicar tamaño desatino. En paralelo, Cabo Verde o Países Bajos, directamente concernidos en este brote contagioso aún por calibrar, esperan que les resuelvan el engorro.
Días de sentencias
Los primeros afectados por esta enfermedad, que vuelve a recuperar sin descanso a epidemiólogos en las tertulias, se han superpuesto al interés informativo por los juicios al clan de Koldo, ya visto para sentencia, y al caso Kitchen, éste en una búsqueda desesperada por acallar la investigación policial más solvente y acusatoria. El panorama informativo tampoco cambiará durante los próximos días. Los evacuados, los ingresos, su tratamiento, la búsqueda de infectados y la inevitable discusión política propia de la agitación que se vive, aminorarán las especulaciones sobre los años de prisión para Ábalos y su ayudante, y también sobre una politizada puesta en libertad para la garganta profunda del corrupto comisionista De Aldama.
Parece que la (mala) suerte está echada para quien fuera la guía espiritual de Sánchez por las Casas del Pueblo. Le esperan varios años de cárcel en compañía de quien le procuró todos los vicios y hasta le hizo más llevaderos con impunidad sus auténticas responsabilidades. En cambio, a quien tanto ayudó mafiosamente para engordar sus cuentas podría salir indemne de sus tropelías y hasta de haberse enriquecido con la salud de millones de contagiados. El premio a la delación descarnada, sinónimo de colaboración con la investigación judicial.
También en Andalucía se antoja resuelto el juicio de las urnas del 17-M. Moreno Bonilla podrá gobernar con holgura, más allá de que le pueda faltar un escaño para la mayoría absoluta. Triunfos de este pelaje suponen la envidia de los demás gobernantes. Mucho peor será para la izquierda rumiar su impotencia con otro previsible descalabro en una tierra que tan afín le fue durante décadas.