Hemos creado una palabra, noverse, que puede declinarse para decir X me hizo un noverme o a Y le hicieron un noverle, para identificar aquellas situaciones en que una persona no es saludada (¿y no reconocida?) por otra a la que reconoce y saluda. Todas aseguramos haberla padecido y ejercido. ¿Ustedes?. Comparto algunas conclusiones. Por aclarar, cuando un acuerdo tácito lleva a no saludarse no es un noverse. Son situaciones seguramente sostenidas por historias poco gloriosas y de difícil resolución.
El noverse es, por definición, unilateral, nombra una asimetría y en gran medida una impostura. Si exceptuamos los protagonizados por personas que padecen prosopagnosia y no reconocen las caras (entre el 2 y el 3 % de la población), el resto responde a otras causas. Yo sostengo que la mayoría son voluntarios, que hay quien no saluda porque desde su altura no puede percibir al personal que se mueve a ras de suelo y que al despiste se le atribuyen muchos más casos que los reales.
A veces, dos personas se cruzan y la primera amaga un saludo que puede acabar en contractura al no ser correspondido e inmediatamente le sobreviene un desconcierto más o menos ligero y se pregunta si es irreconocible o invisible (y por lo tanto no saludable) y ambas opciones son algo tristes. Nota para la segunda persona: tampoco es tan temerario saludar a alguien que luego pasará de largo si de verdad no se le reconoce.
Otras veces la persona saludada hace como que no ve porque tiene algo pendiente con la saludadora o porque está dolida o porque evita el riesgo de ser preguntada o porque la relación no está equilibrada en cuanto a la extracción de información o porque ese día no está para nada.
Nos vamos contentas. Hemos solventado una laguna epistemológica.