La educación navarra tiene la capacidad de generar debates de alto voltaje social y político, en ocasiones alejados del interés general o del propio alumnado. Durante años, si lo recuerdan, apenas se habló de otra cosa que de la distribución de la jornada: si continua o si partida. Un asunto que, en realidad, fue impulsado fundamentalmente por los profesores de la red pública, que –enhorabuena a los agraciados– pretendían trabajar fundamentalmente de mañana.

El actual, pese a afectar a un número reducido de familias, tiene mucha más sustancia y posee la capacidad de hacer saltar las costuras del actual Ejecutivo. Y no solo porque Gimeno haya decidido echar un pulso incomprensible e inoportuno a sus socios, sino por las fibras que toca. El asunto obliga en todo caso a mirar a largo plazo.

Porque basta analizar la demografía y sus características para entender que algunos colegios concertados deberán ir pensando en alternativas que vayan más allá del necesario descenso de las ratios. Quizá, como ya ha sucedido en otros territorios tan cercanos como Gipuzkoa, vaya llegando el momento de pensar en fusiones entre centros educativos.

Sería conveniente, en todo caso, planificar y disponer de una hoja de ruta a medio plazo. Lo contrario supone vivir en la improvisación.