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Cartas

CartasJavier Bergasa

El buzón de entrada del correo de la Consejería de Salud tiene que haber petado. Música ambiente en los despachos nobles del Departamento, con la voz intensa de Raphael: “A veces llegan cartas con sabor amargo, con sabor a lágrimas. A veces llegan cartas con olor a espinas que te hieren dentro de tu alma”. Si fuera “a veces” resultaría llevadero, pero el cartero llama todos los días. El digital y el analógico. El que descarga e-mails y el que desborda el buzón. Diferentes remitentes de bata blanca: servicios profesionales, colectivos médicos, centros sanitarios, enfermeras, celadores, administrativos. Variedad de membretes y firmantes. Sensación ciudadana de fracaso multiorgánico, con indefinición en el diagnóstico e ineficacia en las medidas terapéuticas. Y vienen malos meses para el análisis escrupuloso, la reflexión profunda, el diálogo calmado y buena planificación. El virus electoral amenaza con la infección.

Mientras, los hospitales privados destinatarios de las derivaciones y los seguros privados se benefician de la situación. El derecho público a la salud transformado en negocio. La Administración Pública cronifica sus incompetencias por la mirada corta de sus gestores políticos. Apaños a corto plazo. El placebo de las peonadas y la servidumbre de las derivaciones. Las decisiones esenciales son demasiado comprometidas en su adopción, procelosas en su aplicación y dilatadas en sus resultados finales. Se ignoran las demoscopias profesionales y sociales. Como si sorprendieran el aumento de la población, su envejecimiento, la extinción de titulados por el mecanismo de la jubilación y la cortedad del número de posibles sustitutos. La burocracia, la productividad, la rigidez funcional y la compatibilidad público-privada en el desempeño profesional coadyuvan a la situación. Un problema con décadas de historia y con mucho tiempo por delante. No lo resolverá este consejero. Ni el siguiente. Aunque fuera del Sindicato Médico.