Los expertos en geopolítica aseguran que Europa ha perdido el liderazgo y que frente a Estados Unidos y China, reunidos estos días en Beijing para repartirse el mundo, somos una potencia menor, carente de rumbo y fortaleza internacional. Lo dijo la presidenta del Banco Central Europeo, Christine Lagarde, al percibir en la Unión “una crisis existencial”. Es mucho peor, señora: es su ocaso moral y democrático.
El espectáculo de Eurovisión es buena muestra de ello. Traicionando los valores éticos que la dieron sentido, Europa ha permitido que Israel, un Estado genocida, haya participado en el Festival sin que importase para su exclusión la destrucción perpetrada en Gaza, donde han masacrado a miles de niños, mujeres y hombres inocentes. ¿Dónde han quedado la solidaridad y la decencia del viejo continente? ¿Por qué se premia a Israel pese a sus matanzas? ¿Qué tiene el gobierno judío para estar por encima de Rusia, expulsada tras su invasión de Ucrania?
Solo España, Países Bajos, Irlanda, Eslovenia e Islandia se han apartado, en un valioso gesto simbólico, de la sangrienta compañía de Netanyahu. El peso de la culpabilidad alemana por el nazismo, la complicidad ideológica y seguramente el dinero han hecho posible el abominable circo de Viena. Los ejecutivos de Eurovisión, además de darse su anual juerga prostibularia, han escrito una de las peores páginas de Europa al rendirse ante los destacados discípulos de Hitler en el arte de asesinar en masa. Lo de menos es si hay razón artística para la continuidad del estrambótico Festival, que cuenta con un fervoroso público. Lo esencial es si su indecencia es motivo suficiente para que descienda por las letrinas. Acaso su final nos evitaría nuevas vergüenzas y daría muestra de que Europa reacciona contra su decadencia.