En el fútbol pocas situaciones generan más energía que el peligro. Cuando un equipo se acerca al abismo, con malos resultados, y creciente presión externa, aparece una reacción instintiva, máxima concentración, solidaridad e intensidad en cada acción. Y entonces llegan los resultados. El equipo suma, se aleja del riesgo y recupera la confianza. Y ahí surge el mayor peligro.

Muchos equipos repiten el mismo patrón, crisis, reacción, mejora… y vuelta a caer. Lo que parecía una recuperación estructural acaba siendo solo una respuesta puntual al miedo. Cuando el equipo siente que ha “salido”, baja unos centímetros la exigencia. No es algo consciente. Es humano. Se pierde agresividad en los duelos, atención al detalle, urgencia y tensión competitiva. El Espanyol del domingo, tras su mala racha, estaba en ese momento de reacción y logró imponerse en los duelos a Osasuna, en fase de recaída. Y en el fútbol, esos pequeños márgenes deciden partidos aunque se suele decir que ha fallado la suerte.

A este fenómeno podemos llamarlo el síndrome de la salvación, la trampa de creer que el problema está resuelto cuando solo se ha contenido temporalmente. La mejora no siempre nace de un cambio profundo, sino de un estado emocional extremo difícil de sostener en el tiempo. El problema no es haber pasado por la crisis, sino no haber cambiado lo suficiente durante ella. Y en estas llega, sin avisar, “el partido” en el que el empate basta pero la derrota te condena. La trampa más peligrosa es salir a proteger el resultado desde el principio. Jugar a empatar suele implicar ceder terreno, iniciativa y confianza al rival, más aún si enfrente hay un equipo como el Getafe, que necesita ganar y va a asumir riesgos… pero pocos. Bordalás, con 304 partidos en Primera División y más de mil en todas las categorías, frente a Lisci, con 60 y 144 en total. La clave está en competir con mentalidad de victoria, controlar los tiempos, ser agresivo en los duelos, mantener el bloque activo y no permitir que el partido se juegue cerca de tu área. Solo desde esa actitud se puede controlar realmente el empate. Porque aunque el objetivo sea no perder, la única manera fiable de conseguirlo es jugar como si hubiera que ganar.

Esto queda bien en el papel pero la realidad exige herramientas. Habrá momentos de dificultad quizá por detrás en el marcador y otros, ojalá, a favor. El banquillo deberá estar preparado para reaccionar. Quizá Raúl García de Haro de inicio y Budimir como plan B, y Aimar Oroz transitando en los momentos de agobio. Y un poco de valentía, como en Vigo. También liderazgo, alguien que pegue un grito cuando haga falta. Ah, y que Lisci disponga durante el partido de información continua sobre lo que se detecta en el juego, para enriquecer su lectura y ajustar en consecuencia. Es solo una visión, de salón.

El autor es exfutbolista y profesor de la UPNA